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En una temporada en la que Hollywood nos ha regalado grandes películas como WALL-E y Batman: El caballero de la noche , más el esperado regreso de otro arqueólogo (el Indiana Jones que Harrison Ford interpretó en la saga de Steven Spielberg), esta tercera entrega de La momia resulta un film previsible y menor, aunque no del todo desdeñable para aquellos que se conforman con un incesante despliegue de efectos visuales generados por computadora que permiten reconstruir mundos perdidos (en este caso, la antigua China), extrañas criaturas (ejércitos de zombies, yetis, dragones de varias cabezas) y escenas de masas de tono épico.
Si las dos primeras partes de La momia tenían el sello de ese gran narrador de historias de aventuras que es Stephen Sommers, en La tumba del Emperador Dragón no hay destellos que la diferencien del inmenso universo de superproducciones concebido a fuerza de vértigo, adrenalina, persecuciones, explosiones y un bombardeo visual cuyo principal objetivo parece ser evitar que el espectador se percate de lo absurdo de la trama, de los huecos del relato o de la precariedad de algunas actuaciones.
Rob Cohen ( Rápido y furioso , XXX, Daylight: Infierno en el túnel ) arranca el film con un largo y mediocre prólogo con narración en off que explica la historia del cruel emperador Han (Jet Li), que regresará de un hechizo de 2000 años para completar en la China de posguerra su arrasadora invasión y conseguir la fórmula de la vida eterna. Claro que para lograr sus objetivos deberá vérselas con el arqueólogo y cazador de momias Rick O Connell (Brendan Fraser); su esposa, Evelyn (Maria Bello, en reemplazo de Rachel Weisz), y un no menos intrépido hijo del matrimonio llamado Alex (Luke Ford).
Espectacularidad
Más allá de la espectacularidad de los efectos visuales que permiten ambientar la acción en la Gran Muralla China, en la Shanghai de 1946 o en el Himalaya, no hay demasiados hallazgos en este discreto guión de Alfred Gough y Miles Millar. Fraser y Ford construyen una simpática relación competitiva entre padre e hijo, mientras que una buena actriz como Bello luce aquí completamente perdida entre el acento inglés y las exigencias del género de aventuras. Tampoco alcanzan a lucirse demasiado dos grandes estrellas del cine asiático como Jet Li y Michelle Yeoh, mientras que John Hannah hace un enorme esfuerzo para convertirse (sin mucha suerte) en el necesario comic-relief del relato.
Así planteadas las cosas, con una trama poco convincente y actuaciones muy desiguales, sólo queda bajar un poco las exigencias y contentarse con este colorido viaje por el tiempo a velocidad de montaña rusa. Ni más ni menos que eso.
Diego Batlle
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