Cerca de la hora novena,
Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí,
Elí, ¿lama Sabactani? Esto es: Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Mateo
27:46.
Corrían
años turbulentos en el mundo; las legiones romanas
hablan impuesto su hegemonía en la mitad del universo
conocido; la vieja Palestina gemía y añoraba
bajo el yugo de sus opresores; la religiosidad judía
cargada de ritos y pesadas ceremonias no daba soluciones
para mitigar la angustia moral y espiritual de un pueblo
sumido en la apostasía y la ignorancia de valores
supremos. Fue en esos tiempos que Jesús vino a
compartir el drama de la humanidad.
La
gloria de su advenimiento iluminó la dulce escena
de Betlehem, una canción en el cielo anticipó
una hora gloriosa para el hombre, sus palabras inspiradoras
transmutaron las brumas de una generación sin rumbo
en la diáfana claridad de una nueva posibilidad
de alcanzar la felicidad soñada. Sus bienaventuranzas
cayeron en el corazón, como el rocío sobre
la frente de quienes luchan estérilmente por un
mundo mejor. Pero El sufrió como ninguno, desde
siglos antes la profecía le señalaba como
el varón de dolores.
La
amargura del desprecio, el azote de la burla, la angustia
de la incomprensión, la vergüenza de la injuria,
fueron parte de la copa que bebió antes del horror
de la cruz. Pero nunca desmayó; bajo un sol calcinante
o bajo un firmamento azul; besado por la brisa de Moab
o flagelado por la borrasca del Tiberíadas, pero
siempre con la arrogancia sagrada de quien está
por encima de la miseria del dolor, haciendo de su sufrimiento
un crisol donde la gloria de Su Persona se mostraba en
sus más exquisitos valores. Sus ojos plenos de
amor no derramaron una sola lágrima por sí
mismo, su llanto siempre acompañó el dolor
de sus semejantes. ¡Este es mi Dios!, su grandeza me enorgullece
y fascina, la dignidad de su reciedumbre me inspira y
sostiene.
El
sol despuntó tras una noche singularmente oscura,
sus rayos no alcanzaron a quebrar un cielo plomizo y frío.
La mañana gris fue testigo de un juicio que avergüenza
la historia. Una centuria romana se abrió paso
entre la muchedumbre, tres hombres caminaban hacia el
paítbulo, uno de ellos era Jesús. En su
rostro se leían la huellas del tormento, pero sus
ojos manifestaban brillantemente la gloria de su grandeza.
La
caravana se detuvo, el espanto de la crucifixión
comenzó en el Gólgota. Tres cruces se levantaron
desafíando las sombras, en una de ellas moría
Jesús. El cuadro era solemne y dramático
y en el viento de la cumbre llegaba la voz de la profecía:
"Mirad si hay dolor como mi
dolor".
El
calvario de Cristo marca el clímax del dolor. El
sufrimiento de la cruz no era sólo la angustia
indecible de los padecimientos físicos, el dolor
más desesperante del Hijo de Dios fue el morir
desamparado, el cargar sobre sus hombros el pecado de
la humanidad, el agonizar pagando la deuda del hombre,
el sangrar por el crimen de la historia, el sufrir como
inocente el castigo de Dios a la miseria humana. Pero
su dolor no fue en vano, y el triunfo de su resurrección
es la prueba eterna de la victoria de su cruz. Por su
desamparo tenemos hoy amparo en Dios, por su sacrificio
perdón de nuestro pecado, por su muerte vida y
vida en plenitud.