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El
mundo en que vivimos.
La época que estamos
viviendo, con una degradación ostensible de las costumbres,
tiene varios agravantes. Uno de ellos es la aceleración
de los tiempos. La declinación es, entonces, más extensa
y más rápida. Los medios de comunicación, en particular
los electrónicos, son serios responsables de este proceso
de disminución moral.
La proliferación
de programas radiales y televisivos deformantes, que a
toda hora fluctúan entre la violencia y la procacidad
más ostensibles, exigen una autorregulación para poner
fin a los excesos.
La relación entre
la televisión y la violencia pasa a ser la motivación
en toda programación en búsqueda del rating. Esta violencia
expuesta produce en los menores la "visualización de la
violencia", los chicos expuestos a la violencia televisiva
se sensibilizan mucho más, aprenden a agredir y cambian
su imagen de la realidad.
Los padres deben
ejercer un mayor control de programas y cantidad de horas
que sus hijos pasan frente al televisor o a la pantalla
de la computadora "jugando" a juegos violentos donde la
destrucción y la muerte lograda tiene premio.
Nadie discute la
necesidad de una familia para criar a los hijos, pero
los caminos comienzan a bifurcarse cuando se habla de
los roles de los miembros, el ejercicio de la autoridad,
la disciplina, los límites, y últimamente algunos "iluminados"
que opinan que el modelo tradicional de un hombre y una
mujer como padres ha fracasado y debe darse lugar y legalidad
a "matrimonios" de lesbianas u homosexuales como progenitores
de hijos adoptados o inseminados artificialmente.
Lo más preocupante
es que la mayoría de los medios de difusión le han dado
un lugar que lo dejan entrever como una posibilidad o
una "solución" a la crisis por la que la familia atraviesa.
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