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Diez Caracterísiticas Distintivas de la Biblia I | Derek Bigg

La Biblia es nada menos que una revelación divina a la raza humana. Esto se ve en la conocida afirmación del apóstol Pablo en 2 Timoteo 3:16. Una traducción literal de esta afirmación sería: Toda Escritura es exhalada por Dios

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Desde la ventana de un avión se puede ver de un vistazo todas las características del paisaje que se extiende abajo. La vista panorámica nos brinda la oportunidad de observar cómo se disponen las poblaciones, las carreteras, los ferrocarriles, los ríos, los campos de labranza, etc. Se nos presenta una imagen completa, en la que vemos cada aspecto en un contexto más amplio.

Si nos interesa tener una imagen íntegra de la Biblia, nos ayudará grandemente una vista panorámica de sus características distintivas. Estas forman un conjunto interrelacionado, una combinación única que no se encuentra en ningún otro libro. Se pueden resumir de la siguiente manera: la Biblia es divina, humana, histórica, espiritual, práctica, autointerpretadora, doctrinal, teológica, escatológica y cristocéntrica.

Las diez características no encajan ordenadamente una con otra como las casillas de un tablero de ajedrez. Se asemejan más bien al paisaje que se contempla desde el avión: muchos aspectos entretejidos que nos impresionan simultáneamente, algunos más que otros según lo que se destaque en un momento dado.

Todas las características del paisaje bíblico son importantes. Hay que tener presente cada una de ellas si deseamos usar las Escrituras de una manera equilibrada y consecuente. De lo contrario, será como si intentásemos hacer un gazpacho sin disponer de todos los ingredientes. El producto terminado no tendrá el sabor correcto.

1. La Biblia es divina

La Biblia es nada menos que una revelación divina a la raza humana. Esto se ve en la conocida afirmación del apóstol Pablo en 2 Timoteo 3:16. Una traducción literal de esta afirmación sería: «Toda Escritura es exhalada por Dios». Dios ha hablado; y todo lo que ha dicho se ha puesto por escrito en la Biblia.

¿Cómo sabemos que, al leer la Biblia, escuchamos la voz de Dios? ¿Hemos sido convencidos por la lógica, la ciencia o argumentos filosóficos? No. Lo sabemos porque la Biblia nos ha afectado personalmente; nos ha cambiado.

Sabemos por experiencia propia que la Biblia posee un poder extraordinario que se puede atribuir únicamente a Dios mismo. La Biblia describe este poder muy gráficamente. «Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos... ¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo...» (Hebreos 4:12, Jeremías 23:29)?

Cuando los judíos oyeron la palabra de Dios en el día de Pentecostés, sus corazones fueron conmovidos. Supieron en seguida que tenían que hacer algo; y lo hicieron. Se arrepintieron y fueron bautizados (Hechos 2:37-41). ¿La Biblia siempre nos afecta tan radicalmente?

El origen divino de la Biblia significa que revela ciertas cosas que no se podrían descubrir por ninguna actividad humana. En particular, contesta las tres preguntas más trascendentales que jamás podrían hacerse: de dónde vinimos, a dónde vamos y por qué estamos en este mundo.

Puesto que la Biblia proviene de Dios mismo, podemos decir confiadamente que es totalmente fidedigna y sin errores de ninguna clase. Por consiguiente, no nos asustan las investigaciones de los hechos relatados en la Biblia mediante estudios en otras esferas, como por ejemplo la historia y la arqueología. Lo que se descubra por estas investigaciones es forzosamente de carácter provisional. Puede ser modificado a la luz de descubrimientos posteriores. La certidumbre absoluta en estos asuntos está fuera de nuestro alcance. La única certidumbre que poseemos está ubicada en la Biblia. La Biblia no cambia.

2. La Biblia es humana

La Biblia es un libro divino; pero es a la vez un producto de la mente humana. Estos dos hechos no son contradictorios sino complementarios. La Palabra de Dios, al igual que el Hijo de Dios, es divina cien por cien y humana cien por cien.

Los autores de los libros bíblicos fueron hombres de su época. Tenían su propia personalidad y sus idiosincrasias. Estaban sujetos a varias influencias que habían moldeado su carácter. Dios no anuló estos factores humanos. Obró por medio de ellos. Cada uno de los autores escribió a su manera. Su humanidad quedó intacta.

La humanidad de la Biblia implica que está sujeta a las reglas normales de interpretación, aquéllas que se aplican a toda literatura. No leemos poesía como si fuese historia. De igual modo, no leemos los salmos como si fuesen pasajes narrativos de las Escrituras. Hace falta un enfoque diferente. Los distintos tipos de literatura que se encuentran en la Biblia dan lugar lógicamente a distintos estilos de escribir.

Podemos esperar una gran diversidad. El estilo de las leyes y ordenanzas del Pentateuco es muy prosaico. En cambio, el estilo de las visiones de Daniel y Ezequiel, y de Juan en Apocalipsis, es más extravagante. Estos libros contienen mucho lenguaje figurado y simbolismo gráfico. Por supuesto, los dos estilos no se pueden tratar del mismo modo. Se han de interpretar según las características que son propias de ellos.

A veces, especialmente en los evangelios, encontramos dos o tres pasajes paralelos que son esencialmente iguales pero varían en ciertos detalles. Estas variaciones no evidencian discrepancias o errores. Son simplemente unas expresiones más de lo humana que es la Biblia.

A modo de ilustración, dos o tres personas que presencian el mismo accidente de circulación lo describen a su manera, desde su punto de vista. Los hechos básicos concuerdan, pero cada individuo pone el énfasis en distintos aspectos. Ocurre lo mismo en d caso de los autores bíblicos.

El enfoque que se dé en estas circunstancias puede depender en parte del objetivo del autor, otro factor humano. Los libros de Reyes y Crónicas tienen mucho en común. Pero hay diferencias; y estas diferencias se explican principalmente por las intenciones respectivas de los autores.

Es Dios quien habla en la Biblia. Este es el hecho fundamental. Pero no olvidemos que habla por el vehículo de la personalidad humana. Si queremos comprender lo que Dios ha dicho, tendremos en cuenta los aspectos humanos, puesto que éstos descubren con frecuencia el significado del texto bíblico.

3. La Biblia es histórica

La Biblia, a diferencia de la literatura sagrada de otras religiones, se interesa grandemente por la historia. Es un libro histórico en dos sentidos.

Primero, toda parte de la Biblia fue escrita en un contexto histórico específico. Por consiguiente, hemos de tener presente tal contexto si deseamos entender plenamente lo que leemos. El trasfondo histórico es siempre importante. En segundo lugar, la historia es lo que, a nivel humano, le presta coherencia a la Biblia y la sostiene. Es, por así decirlo, la espina dorsal de las Escrituras. Pensemos en estos dos aspectos.

El trasfondo histórico de la Biblia tiene varias dimensiones. Incluye vertientes geográficas y culturales. Arroja luz sobre el contenido de la Palabra de Dios. Pondremos dos ejemplos, uno del Antiguo Testamento y otro del Nuevo Testamento.

La historia cultural del Próximo Oriente nos ayuda a comprender el lugar y el significado de los Diez Mandamientos. Según la Biblia, los Diez Mandamientos formaban una parte fundamental del pacto entre Dios e Israel (Éxodo 34:28, Deuteronomio 4:13, 9:9-11). Este pacto puede compararse con pactos similares que se hicieron en la antigüedad entre reyes conquistadores y las naciones que habían subyugado.

Aquellos pactos solían incluir un preámbulo, una descripción de las circunstancias históricas del pacto, las condiciones impuestas por el conquistador, y las bendiciones o maldiciones que sobrevendrían como consecuencia de obediencia o desobediencia por parte de los subyugados. Los Diez Mandamientos (Éxodo 20:1-17) manifiestan el mismo estilo.

El preámbulo (v. 2a) identifica al autor del pacto: «Yo soy Jehová tu Dios.» Sigue una afirmación de las circunstancias históricas (v. 2b): Dios había redimido a Israel. Por tanto, Dios tiene el derecho de estipular las condiciones del pacto. Estas condiciones (vv. 3-17) se expresan como obligaciones que se imponen a Israel, acompañadas de bendiciones (vv. 6, 12b) y maldiciones (vv. 5b, 7b). Obsérvese de paso que el libro de Deuteronomio tiene una estructura semejante, con su prólogo histórico (1-3), sus condiciones (4-26) y sus bendiciones y maldiciones (28).

¿Por qué los Diez Mandamientos se escribieron en dos tablas? ¿Se dividieron en dos partes? No. Todos ellos fueron escritos en ambas tablas: una para Dios, otra para Israel. De esta forma las dos partes podían recordarse en todo momento el contenido del pacto.

Por supuesto, este pacto era único. Se hizo entre el Dios viviente y su pueblo especial. En este sentido era incomparable. Pero Dios, en su sabiduría, hizo que tuviese raíces en las costumbres contemporáneas. El pacto no estaba en un vado cultural. Por tanto, los israelitas lo entendían perfectamente. Asimismo, nosotros lo entendemos mejor a la luz de su fondo histórico.

El ejemplo neotestamentario se encuentra en el mensaje de Cristo a la iglesia de Laodicea (Apocalipsis 3:15-16): «Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca».

Estas palabras nos plantean un problema. Por lo visto, Cristo prefiere que la iglesia sea fría antes que tibia. ¿Cómo puede ser? ¿No son intolerables los dos estados?

Hay que buscar la solución en el trasfondo histórico. No muy lejos de Laodicea se hallaba Hierápolis. Este pueblo tenía manantiales de agua caliente. En otra dirección, también a poca distancia, estaba situado Colosas. Este pueblo gozaba de aguas puras y frías. Tanto el agua caliente como la fría tenían efectos beneficiosos. Pero en ambos casos el agua se ponía tibia y desagradable al ser transportada desde su fuente hasta
Laodicea.

Las obras de la iglesia de Laodicea no se asemejaban ni al agua de Hierápolis ni a la de Colosas. No sanaban a los espiritualmente enfermos. Tampoco refrescaban a los espiritualmente fatigados. A causa de sus obras tibias y repugnantes, Cristo iba a vomitar a la iglesia de su boca.

¿Qué diremos del segundo factor, la historia como espina dorsal de la Biblia? Lo crucial es que Dios se ha revelado de modo especial por la sucesión de vértebras en esta espina que constituyen los sucesos históricos relatados en las Escrituras. Las vértebras principales son: la creación, la caída, el pacto hecho con Abraham, el éxodo, el pacto mosaico, y la muerte y resurrección de Jesús. Dios habla por medio de estos sucesos históricos y muchos otros.

Un indicio de que los judíos creían que Dios habla por la historia se pone de manifiesto en el título que llevaban en la Biblia hebrea los libros históricos de Josué, Jueces, Samuel y Reyes. Se llamaban colectivamente «los primeros profetas». Así se distinguían de «los profetas posteriores»: Isaías, Jeremías, Ezequiel y los profetas menores.

En el fondo no había diferencia alguna entre los profetas primeros y los posteriores. En ambos casos, Dios estaba hablando. Eran distintos únicamente en su forma de hablar. Los libros de Josué, Jueces, Samuel y Reyes contienen en efecto una serie de mensajes proféticos, relatos llenos de enseñanzas espirituales y prácticas. Historia y profecía están entrelazadas.

Las verdades básicas acerca de nuestra salvación están arraigadas en acontecimientos históricos. ¿Sería posible entender la doctrina de la salvación en el Antiguo Testamento si la Biblia no contuviese la relación del éxodo de Egipto? A decir verdad, ni siquiera habría tal doctrina a falta de esta relación. Historia y doctrina se funden de tal forma que ninguna se entiende sin la otra.

Huelga decir que no existiría ninguna doctrina neotestamentaria de la salvación si no fuera por los hechos históricos tocantes a Cristo: su nacimiento, su vida terrenal, su muerte, su resurrección.

4. La Biblia es espiritual

Desde el punto de vista cultural, la Biblia es una obra magnífica de literatura. Desde el punto de vista del historiador, es una fuenteprimordial de información sobre el pasado. Pero ninguna de estas descripciones va al grano. Ninguna se concentra en lo esencial. ¿Qué es la Biblia en su esencia?

La Biblia es fundamentalmente un libro espiritual con un mensaje espiritual Si este hecho se nos escapa, lo perderemos todo, no solamente en esta vida sino eternamente.

El propósito supremo de la Biblia es el de revelar el carácter de Dios y su actuación en la historia en beneficio de la raza humana. También pone de manifiesto cómo nosotros hemos de responder a esta revelación.

Ampliando un poco, las Escrituras nos demuestran el poder, la santidad y el amor de Dios. Nos explican cómo este Dios tomó la iniciativa enviando a su Hijo único para salvar a los pecadores. Hacen hincapié en la necesidad por nuestra parte del arrepentimiento, de la fe y de la obediencia para conDios.

Estos objetivos espirituales determinan el contenido y los énfasis principales de la Biblia. Las Escrituras no incluyen muchas cosas que el historiador secular consideraría importantes, porque no tienen importancia desde el punto de vista espiritual.

Una vez aceptada la naturaleza espiritual de la Biblia, entendemos que forzosamente va a ser selectiva en cuanto a su contenido. Todo lo que dice se dirige hacia fines netamente espirituales.

¿Por qué los cuatro evangelios dedican tanto espacio a la última semana de la vida de Jesús? Porque el mensaje espiritual de la Biblia llega a su clímax allí. Todo lo que leemos en las Escrituras conduce a este punto culminante o se remonta al mismo.

Una de las características más notables del evangelio de Juan es el uso de la palabra «señal» para describir los milagros de Jesús. En las bodas de Caná, Jesús convirtió agua en vino. En Capernaum, sanó al hijo de un noble. Dos milagros. Para Juan, fueron «este principio de señales» y «esta segunda señal» (Juan 2:1-11, 4:43-54; ver también 6:26).

¿Por qué se emplea tal lenguaje? Porque todo milagro era como un letrero que comunicaba un mensaje espiritual A la luz de la transformación del agua en vino, Juan hace el comentario revelador «y manifestó su gloria». Todos los milagros del Señor tenían la finalidad espiritual de descubrir su gloria.

Juan deja claro el propósito de su libro: «Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre» (Juan 20:30-31). No podía haber un propósito espiritual más alto que éste.

Dado que la Biblia es un libro espiritual, ¿cuál debe ser nuestra motivación cuando la leemos? ¿No hemos de ser motivados por deseos espirituales? Un libro espiritual requiere una actitud espiritual. Pero a veces somos culpables de móviles que no se pueden calificar de espirituales.

Es posible leer las Escrituras simplemente para cumplir con un deber y tranquilizar la conciencia; o para dar satisfacción a los líderes de la iglesia; o para impresionar a otras personas por nuestros conocimientos bíblicos; o para apoyar una idea preconcebida; o para buscar un instrumento de ataque que demuela la interpretación de otro hermano.

¿Hace falta señalar que la Biblia no nos fue dada para estos fines? Hemos de leerla y estudiarla para que sintamos su impacto espiritual y vivamos en consecuencia.

5. La Biblia es práctica

La Biblia es un libro práctico en dos sentidos. Primero, aborda el problema más grave del hombre, el problema del pecado. No hay nada más práctico que esto, porque el solucionar este problema abre perspectivas para resolver otros problemas humanos.

Nuestros problemas no son en el fondo ni políticos, ni sociales, ni económicos. Son espirituales. Nacen dentro de la personalidad humana. Como dijo una vez Jesús: «de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lasciva, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez» (Marcos 7:21-22).

Estos males no se van a erradicar por la educación, la ciencia o la tecnología. Tampoco encontraremos soluciones permanentes por programas sociales o decisiones políticas que cambien nuestras circunstancias.

Ya al principio, en el huerto del Edén, el hombre vivía en un medio ambiente ideal. No obstante pecó. Su corazón le impulsó a sucumbir a la tentación. Desde entonces, el corazón humano se ha inclinado hacia el mal.

La Biblia, con su realismo incomparable, dice que el corazón es engañoso y perverso Jeremías 17:9). Reconoce que necesitamos un corazón nuevo (Ezequiel 36:26). Quien tiene nuevo corazón es una nueva criatura (2 Corintios 5:17). Goza de una vida nueva, en la que sus actitudes se han revolucionado. No llega de repente a la perfección. Pero desea y busca lo bueno. Aborrece el conflicto y las relaciones rotas. Se afana por conseguir la reconciliación.

Para un mundo turbulento, este es un mensaje sumamente práctico. Además, está al alcance de todos, puesto que la Biblia lo comunica en lenguaje corriente y sencillo. Semejante mensaje no se tiene que desenmarañar por eruditos, sacerdotes o teólogos profesionales. Queda claro y accesible a la mente humana. El hombre de la calle lo comprende.

La claridad y la accesibilidad del mensaje central de las Escrituras se consideraban por los Reformadores del siglo XVI como baluarte del cristianismo auténtico. Uno de ellos, William Tyndale, demostró que estaba dispuesto a morir por tal convicción. Fue perseguido por estar traduciendo la Biblia al inglés -para que el pueblo la leyese- y en 1536 murió en la hoguera.

En resumen, la Biblia es práctica porque trata el problema básico del pecado de una manera abierta y sencilla. Esto es lo primordial. Pero es práctica igualmente en el sentido de que afronta las cuestiones reales de la vida - aquellas cuestiones que nos preocupan a todos. Pensemos brevemente en este segundo aspecto.

¿Deseamos paz? La única paz duradera se encuentra en Cristo (Efesios 2:14). ¿Deseamos seguridad? Si somos de Cristo, tenemos la seguridad de vida eterna y no pereceremos jamás (Juan 10:28). ¿Deseamos libertad? Escuchando a Cristo, conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres (Juan 8:31-32).

¿Sentimos ansiedad? Nuestro Padre celestial sabe qué necesitamos y proveerá (Mt. 6:25-34). ¿Estamos sufriendo? Las aflicciones de hoy no se pueden comparar con la gloria venidera (Romanos 8:18). ¿Tememos la muerte? Cristo nos ha librado de este temor destruyendo al que tenía el imperio de la muerte, al diablo (Hebreos 2:14-15).

La Biblia, desde luego, dice mucho más sobre todos estos temas. Asimismo dice algo relevante sobre otros temas prácticos: amor, disciplina, relaciones personales, guerra, matrimonio, dinero... Se podría extender la lista.

Las enseñanzas prácticas que contienen las Escrituras van acompañadas de ilustraciones concretas. Estas se presentan en forma de situaciones humanas vividas por individuos como nosotros. En la Biblia nos encontramos no con personajes plásticos sino con hombres y mujeres de carne y hueso, que estaban sujetos a «pasiones semejantes a las nuestras» (Santiago 5:17).

Podemos por tanto identificarnos plenamente con ellos y aprender lo que ellos aprendieron.

¿Hay en alguna parte un libro tan práctico como la Biblia? No; y tampoco lo habrá jamás.


Tomado de Andamio, usado con permiso.

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