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El
Credo de los Apóstoles contiene diez artículos
sobre la Persona y obra del Señor Jesucristo,
y sólo uno sobre el Espíritu Santo.
La proporción de diez a uno representa el interés
en la doctrina del Espíritu en la historia
del pensamiento cristiano.
Ninguna doctrina
de la fe cristiana ha sido tan dejada de lado. Son
muy escasos los sermones e himnos sobre este tema,
y el último libro escrito sobre el Espíritu,
hasta la fecha, se editó en 1674. Esto es digno
de destacarse, pues sabemos que el Espíritu
Santo ha sido la última y más prominente
Revelación y la única fuerza en la obra
de la Redención.
Ninguna religión
tiene nada que corresponda o que se le pueda comparar
a la doctrina del cristianismo sobre el Espíritu
Santo, y no hay nada dentro de la fe cristiana que
sea tan importante, vital y efectivo como esta doctrina.
John Owen habla de ella como la «piedra de toque»
de la fe; el artículo por medio del cual la
Iglesia permanece o se derrumba. Thomas Arnold dice
que «es sumamente importante, pues estamos viviendo
bajo la dispensación del Espíritu; y
en ese carácter Dios se revela a Sí
mismo a Su pueblo. El que no conoce al Espíritu
Santo, tampoco conoce a Dios».
Las Sagradas
Escrituras declaran que el Espíritu es quien
revela la verdad, el agente activo en toda obra de
redención, y el instrumento de la gracia en
la experiencia de la salvación. En ÉL,
por medio de ÉL y por ÉL tenemos el
poder que salva. La iluminación, la con. vicción,
el arrepentimiento, la regeneración, la seguridad
y la santificación, son todas obras de Dios
el Espíritu eterno. P-1 es la Fuente de sabiduría
y poder para la Iglesia. La Iglesia es el cuerpo de
Cristo, controlada por el Espíritu, quien mora
en cada creyente. Él dirige, energiza y controla
la Iglesia. Desde el principio al fin ésta
ha sido y será la dispensación del Espíritu.
Las consecuencias
del abandono
La Iglesia
declara su fe en el Espíritu Santo cada vez
que repite su Credo, pero ¿realmente cree en aquello
que dice? Los escritores modernos no le dan mucha
importancia, más bien lo consideran como una
figura en el vocabulario de la atmósfera espiritual.
Las doctrinas del Espíritu son ignoradas y
Sus manifestaciones no se toman en cuenta. Algunas
asambleas religiosas hacen largas pausas de silencio
en sus reuniones, lo cual produce una excitación
emocional, y piensan que así son «creyentes
espirituales». Cuando nuestros padres sentían
el fuego del Espíritu en sus corazones, alababan
a Dios en alta voz. Ahora las iglesias tienden a cultivar
la «influencia psicológica», y hablan del Espíritu
de manera diferente al contenido de los Credos.
Los errores
y desastres de la Iglesia forman una larga lista,
y son debidos al olvido y abandono de considerar la
importancia del Espíritu Santo y Su ministerio
dentro de la Iglesia. Muchos de los estudiosos de
la Biblia en nuestra época, sólo toman
en cuenta su parte histórica y literaria. Los
milagros, por ejemplo, no son vistos con el debido
respeto y seriedad, más aún, se niegan,
y lo mismo sucede con la profecía y la revelación
divina. Nuestro Señor habló acerca del
Espíritu como el Espíritu de Verdad,
y prometió que Él guiará a Su
pueblo a toda verdad. P-1 habló por medio de
los profetas. Muchos hombres escribieron la Biblia,
pero el Espíritu Santo es Su verdadero autor
e inspirador, y, por lo tanto, no puede entenderse
ni interpretarse la Escritura sin Su guía.
r-1 tiene las llaves, y r-1 mismo es la Llave Maestra.
La Verdad revelada
puede conocerse sólo por medio del Gran Revelador.
Ignorando esto, los historiadores, literatos, arqueólogos,
críticos y agnósticos están ciegos
en medio de la luz. Lo mismo sucede con respecto a
la fe en nuestro Señor Jesucristo, a la experiencia
de la gracia y la doctrina de la Iglesia. Nadie puede
llamar Señor a Jesús- a no ser por el
Espíritu Santo, pero, sin embargo, los hombres
están buscando interpretar a Cristo en términos
del razonamiento, la historia y la filosofía.
La religión
cristiana tiene un nuevo nacimiento en el poder del
Espíritu. Esta se desarrolla bajo Su guía,
y se sostiene por medio de Su presencia. Si ignora
al Espíritu, su desarrollo se basará
únicamente en la educación y la evolución.
La Iglesia es el cuerpo de Cristo, engendrada, unificada
y habitada por el Espíritu Santo; pero si se
deja de lado el Espíritu de Dios, los hombres
empezarán a contender sobre los miembros, las
funciones y las órdenes. La religión
cristiana sin el Espíritu Santo carece de esperanzas.
Los problemas
de la Iglesia
El mismo problema
existe en cuanto al servicio cristiano. La Iglesia
sin la presencia y el poder del Espíritu está
desvalida. Nunca como en nuestro tiempo la Iglesia
evidenció y habló tanto sobre sí
misma y sus
muchos problemas.
Esto es siempre un signo negativo. El deseo de hablar
sobre su obra, aumenta a medida que su poder para
obrar disminuye. Cuando la obra falla las conferencias
se multiplican. Los problemas de la Iglesia nunca
pudieron ni podrán resolverse con conversaciones,
pues surgen a causa de grandes fallos. No hay necesidad
de discutir el problema de alcanzar a las masas en
tanto que éstas sean alcanzadas. No hay problema
de iglesias vacías cuando los bancos están
llenos. No existen problemas en cuanto a la enseñanza
en la escuela dominical si ésta cubre las necesidades
del corazón y de la vida del creyente.
El poder de
atraer radica en la atracción, y sería
inútil hacer propaganda de un banquete en el
que no habrá nada para comer. Estamos actuando
de manera tal, que da la sensación de que el
único remedio para este declinar de la Iglesia
fueran los métodos, las organizaciones y los
compromisos. La Iglesia está fracasando en
alcanzar a las mentes de hoy, en salir al encuentro
de las necesidades presentes y en salvar a los hombres
y mujeres de nuestra época. Los santos son
«reyes y sacerdotes» aquí en la tierra, pero
no reinan ni gobiernan; en lugar de ello, han dejado
caer el cetro, eludiendo sus responsabilidades. La
impotencia e incapacidad de la Iglesia es trágica
y patética. La Iglesia sin el Espíritu
está destinada a un rotundo fracaso.
Los creyentes
sin el Espíritu Santo
La Iglesia
conoce muy bien tanto la razón como el remedio
para su fracaso. Los recursos humanos de la Iglesia
nunca fueron tan numerosos como ahora. Las oportunidades
de la Iglesia no fueron nunca antes tan gloriosas.
La necesidad por la obra de la Iglesia no fue nunca
tan urgente. El mundo está en crisis, y la
Iglesia permanece estática e impotente en medio
de todo. Muchas veces Dios tuvo que reprender a Su
pueblo por estas razones.
La Iglesia
ha perdido su autoridad, el secreto de su sabiduría
y el don del poder, como consecuencia de haber dejado
de lado la importancia que tiene el Espíritu
de Dios. Cuando la sabiduría y los recursos
del mundo sustituyen la presencia y el poder del Espíritu
Santo, la confusión y la impotencia vienen
como consecuencias inevitables y seguras.
Hay pruebas
abundantes de lo que estoy afirmando. El Nuevo Testamento
nos da varias evidencias de lo que es una Iglesia
sin el Espíritu y una Iglesia con el Espíritu.
La diferencia es obvia. La Iglesia donde Apolos ministraba
no había oído sobre la venida del Espíritu
Santo; pero la Iglesia de nuestros días no
tiene excusa. Lo que pasa en nuestro medio es consecuencia
de un pecado: el- pecado de la negación. La
Iglesia ha sido reconstruida sin el Espíritu.
No se niega
lo sobrenatural, pero se insiste en que lo sobrenatural
debe conformarse a las leyes naturales. Se admite
que la verdad es inspirada, pero su inspiración
debe desarrollarse a lo largo de las líneas
de la selección y el crecimiento natural. Se
toma la fe como un asunto con fondo literario, ético
y filosófico. La religión cristiana
tiene simplemente el honor de ser menos mala que las
demás.
Lo mismo pasa
con los conceptos sobre el Señor Jesucristo.
Se piensa que r-1 es simplemente la coronación
y consumación de una humanidad progresiva.
Se pone énfasis solamente sobre Jesucristo
el Hombre, y en ese énfasis hay razón
para regocijarse; pero lo extraño es que ha
desaparecido el interés relativo a la revelación
que el Espíritu hace sobre Cristo.
La doctrina
sin la experiencia
La Iglesia
tiene todavía su teología del Espíritu
Santo, pero no tiene una conciencia viva de Su presencia
y poder. La teología sin la experiencia es
como la fe sin obras: está muerta. Las señales
de la muerte son evidentes y abundan por doquier dentro
de la Iglesia cristiana. Las reuniones de oración
han muerto porque los hombres no creen en el Espíritu
Santo.
La libertad
de profetizar ha desaparecido porque los hombres creen
en la investigación y no en la inspiración.
Hay ausencia de conversiones porque la fe en el nuevo
nacimiento como un acto creativo del Espíritu
Santo ha perdido su aprehensión en el intelecto
y el corazón. La experiencia del Segundo Don
de la Gracia ya no se predica; porque se piensa que
la experiencia cristiana, aunque tiene su comienzo
en el Espíritu, debe perfeccionarse en la sabiduría
de la carne y en la cultura de los institutos.
Cuando
la sabiduría y los recursos del mundo sustituyen
a la presencia y el poder del Espíritu, sobrevienen
la confusión y la impotencia.
Como repercusión
del materialismo existente, se levantan movimientos
tales como la Ciencia Cristiana, el espiritualismo
y la teosofía. Estos movimientos son consecuencia
de la reacción del espíritu humano contra
la esclavitud de la carne y de la mente, pero a través
de un camino errado. Lo que en realidad necesita esta
gente es la genuina experiencia de Pentecostés.
El modernismo y el misticismo también son productos
de una religión que no tiene su bautismo en
el Espíritu Santo. El sacerdotalismo es otra
de ellas. Estas cosas florecen en una tierra empobrecida
y estéril. Son las obras de la carne, y el
producto de la muerte espiritual. El remedio para
ellas no es el reproche o la amargura. La respuesta
está en una fe o creencia sobrenatural, y la
única manera de obtenerla es por medio de la
presencia permanente del Espíritu Santo.
Tomado de
libro: Volvamos a Pentecostés
Editorial: Clie
Autor: Samuel Chadwick |