| La
confesión del Espíritu |
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Williams Barklay
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1 Corintios
12:1-3
No quiero, hermanos,
que ignoréis acerca de los dones espirituales. Sabéis
que cuando erais gentiles, se os extraviaba llevándoos,
como se os llevaba, a los ídolos mudos. Por tanto,
os hago saber que nadie que hable por el Espíritu
de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar
a Jesús Señor, sino por el Espíritu
Santo.
En la iglesia de
Corinto estaban sucediendo las cosas más sorprendentes
a través de la acción del Espíritu
Santo, pero en una era de éxtasis y entusiasmo puede
haber una excitación histérica, auto-engaño
y errores totales así como hechos verdaderos, y tanto
en éste como en los próximos dos capítulos
Pablo habla acerca de las verdaderas manifestaciones del
Espíritu Santo.
Este es un pasaje
muy interesante debido a que contiene dos frases que eran
gritos de batalla.
1) Está la
frase Maldito sea Jesús. Había cuatro formas
en las que podía surgir esta frase terrible.
(a) Podría
ser utilizada por los judíos. Las oraciones en la
sinagoga incluían regularmente una maldición
a todos los herejes y apóstatas, y Jesús figuraría
entre ellos. Lo que es más, como Pablo bien lo sabía
(Gálatas 3:13), la ley judía establecía:
“maldito sea el que es colgado de un madero.”
Y Jesús había sido crucificado.
No sería raro
escuchar a los judíos pronunciando sus anatemas sobre
ese hereje y criminal que los cristianos adoraban.
(B) Es muy posible
que los judíos hicieran que los prosélitos
que se veían atraídos por el cristianismo
pronunciaran esta maldición o fueran excomulgados
de todo culto judío. Cuando Pablo le estaba relatando
a Agripa sus días de perseguidor, Dijo: “Y
muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas,
los forcé a blasfemar” (Hachos 26:11).
Una de las condiciones
para permanecer en la sinagoga debió haber sido pronunciar
una maldición contra Jesucristo.
(c) Fuera como fuera
en la época en que pablo estaba escribiendo, los
cristianos eran obligados por sus perseguidores a maldecir
a Cristo o morir. En la época de Trajano, la prueba
de Plinio, gobernador de Bitinia, era exigirles a las personas
acusadas de ser cristianas que maldijeran a Cristo.
Cuando Policarpo,
el obispo de Esmirna, fue arrestado, el procónsul
Estacio Cuadrado exigió lo siguiente: “Di,
fuera los ateos, jura por la divinidad del César
y blasfema a Cristo.”
Y esta fue la gran
respuesta del anciano obispo: “He servido a Cristo
por ochenta y seis años, y nunca me a hecho nada
malo. ¿Cómo puedo blasfemar a mi Rey que me
ha salvado?
Llegó ciertamente el momento que los cristianos se
vieron confrontados con la elección de maldecir a
Cristo o morir.
(d) Existía
la posibilidad de que aún dentro de la iglesia, alguien
en un estado de delirio semienloquecido gritara: “Maldito
sea Jesús.” En esa atmósfera histérica
podía suceder cualquier cosa y podría decirse
que se trataba de la obra del Espíritu. Pablo establece
que nadie puede decir una palabra contra Cristo y atribuirla
a la influencia del Espíritu.
2) Pero junto a esto
está el grito de batalla cristiano: Jesús
es Señor. Mientras la iglesia primitiva no tenía
un credo, esta simple frase era su credo (ver Filipenses
2:11).
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