Cuando era muchacho,
me entusiasmaba predicar el evangelio de Jesús
en las reuniones al aire libre, en encuentros para niños
y en distintas concentraciones. Oraba, estudiaba la Biblia
y predicaba, pero me sentía frustrado.
Un buen día decidí
que no tenía el don de evangelismo. Era obvio. No
importaba con cuánto celo y devoción predicara,
nadie recibía a Cristo. Nada de lo que hiciera parecía
cambiar las cosas. Me había inspirado en lo que leía
y oía de otros evangelistas, pero era evidente que
me faltaba algo.
Decidí ponerle un plazo
a Dios. Le dije al Señor: "Si a fin de año
no me das algún convertido por mi predicación,
abandono todo." Traté de convencerme de que
podría ser un cristiano obediente aunque pasase
por alto la gran comisión y sólo me dedicase
a enseñar a otros creyentes. Diciembre llegó
y pasó, y cada día mi depresión se
hacía más profunda.
Los convertidos no aparecían. Estaba decidido.
Dejaría de predicar. Para mí era claro que
o bien no estaba lleno del Espíritu Santo, o no
había sido llamado, o no tenía los dones
necesarios.
Un sábado durante la primera semana del año
nuevo, los hermanos de la iglesia habían organizado
un estudio bíblico casero. No tenía deseos
de asistir, pero lo hice por lealtad a los líderes.
Cantamos varios himnos, esperando al predicador que no
llegaba. Como tampoco había predicador suplente,
uno de los ancianos finalmente se acercó y me dijo
en voz baja:
- Luis, vas a tener que predicar tú. No hay nadie
más.
Yo había estado leyendo el libro EL SECRETO DE
LA FELICIDAD, por Billy Graham, que se basa en la Bienaventuranzas.
Pedí un Nuevo Testamento, apenas pude suspirar
una oración, y leí Mateo 5:1-12. Luego--sin
apuntes ni notas de ningún tipo--repetí
lo que pude recordar del libro. Leía un versículo
y repetía el comentario de Billy Graham. Leía
otro versículo, y seguía repitiendo lo que
me acordaba. Por fin llegué a "Bienaventurados
los de limpio corazón, porque ellos verán
a Dios", y añadí unos pocos comentarios.
De pronto una señora no cristiana del vecindario
se puso de pie y comenzó a llorar. Yo no comprendía
lo que estaba ocurriendo.
-No tengo limpio el corazón --sollozaba--. Eso
quiere decir que nunca veré a Dios. Ayúdenme,
por favor. Que alguien me explique cómo hacer para
tener un corazón limpio.
No recuerdo el nombre de la mujer, pero jamás olvidaré
sus palabras. Leímos en la Biblia la promesa de
Dios: "La sangre de Jesucristo el Hijo de Dios nos
limpiará de todo pecado" (1 Juan 1:7 BD) y
allí en esa reunión la mujer encontró
paz con Dios y se fue a su casa con un corazón
limpio, lleno de alegría celestial.
El más grande gozo es aquel producido por ganar
almas para Jesucristo. Tu graduación es emocionante.
El día de tu boda es emocionante. Tu primer hijo
es emocionante. Pero la emoción más grande
es ganar a alguien para Cristo. Y tiene una particularidad.
Cuando uno comienza, ya no quiere parar.
Te desafío a que
ores, diciendo: "Señor, quiero tener esa experiencia.
Quiero saber por mí mismo lo que es ganar a alguien
para el Señor Jesús."
Corrie ten Boom, la recordada misionera holandesa que
ya está con el Señor, tenía un vehemente
deseo de ganar a otros para Cristo. En uno de sus poemas
dice:
Cuando llegue a esa hermosa ciudad
Y vea a los santos en Cristo Jesús,
Espero que alguien me diga:
"Quien me habló del Señor fuiste tú."
¿Está dispuesto a tener visión de
lo que Dios podría hacer a través de usted
para llevar a otros a sus pies? Después de todo,
Dios no cuenta con un plan A, un plan B y un plan C para
evangelizar al mundo. Dios sólo tiene un plan--y
ese plan somos usted y yo.