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  • Jesucristo es el Señor de mis Bienes

    Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendía sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Hechos 2:44-45




    Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendía sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno (Hechos 2:44-45).

    Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común (Hechos 4:32).

    ¿Cuál es la iglesia verdadera? ¿Cuál es la comunidad de los verdaderos discípulos? Aquella que vive este principio: “Jesucristo es el Señor de mis bienes y de mi dinero”. ¿De quién es todo lo que tienes?

    La comunidad de Jesucristo está formada por quienes le han reconocido como Señor. Si Cristo es el Señor de tu vida, perteneces a su iglesia, y si El no es Señor de tu vida, entonces, no perteneces a su iglesia.

    Cuando decimos que Cristo debe ser el Señor de tu vida, el que mande, el dueño, el amo, incluimos, por supuesto, todo lo que posees. Porque lo que posees es una expresión de lo que tú eres, de lo que has vivido, de lo que has logrado, de lo que has ganado.

    La iglesia de Cristo es aquella en la cual cada miembro reconoce y honra verdaderamente a Jesucristo como dueño y Señor de todo lo que posee.

    Algunos hoy quieren evadirse diciendo: “Bueno, eso era para la iglesia primitiva”. Ellos vendieron todo y lo daban a quienes tenían necesidad”. ¡Un momento! Cristo dijo: Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo (Lucas 14.33).

    Y si uno no es discípulo, ¿Qué es? “Soy creyente”, responde alguno. No, nosotros nos llamamos creyentes, o convertidos, pero el término que la Biblia utiliza al referirse a los que son del Señor es: discípulo. La palabra convertido, no aparece ni una sola vez en el Nuevo Testamento; la palabra creyente, apenas unas veinte veces.

    Pero el término discípulo aparece ¡más de 250 veces! Y se refiere, no a los doce discípulos – ellos, aparte de discípulos, eran apóstolos – no a los setenta, sino a todos: Y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente. Los que hoy llamamos convertidos, la Biblia los llama discípulos.

    Esto está muy claro en el Nuevo Testamento. Cristo no exageró ni mintió cuando señaló: Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo. ¿Qué quiso decir Cristo con estas palabras? ¡Pues, exactamente lo que dijo! Si hubiera querido decir otra cosa, lo hubiese dicho.

    ¡Hemos dado tantas vueltas alrededor de lo que Cristo “quiso decir” con esto! Sin embargo, está muy claro. Si quieres ser seguidor de Cristo, discípulo suyo, tienes que renunciar a todo lo que posees. ¡Y si no, no puedes serlo! ¡No puedes! “Sí, pero esto debe significar…” ¡Significa que tienes que renunciar a todo! Nada más.

    La experiencia de la iglesia primitiva así lo atestigua: Nadie decía ser suyo propio nada de lo que poseía.

    “Señor, todo lo que tengo es tuyo. Tú eres mi Señor. Tengo una casa, un terreno, un automóvil, una bicicleta, diez millones de pesos o un peso: todo lo que tengo Señor, es tuyo.” Esa tendría que ser nuestra oración.

    ¡Sin embargo, no te apresures a poner una bandera de remate en tu casa! primero tendrías que poner una en tú corazón. Que sea rota en ti toda ligadura de amor a tus posesiones. Que sea extirpado todo espíritu de obtener, de adquirir cosas; todo afán de poseer más y más, ya que en ese espíritu es el que domina al mundo.

    Que sea quitado de raíz, por la obra del Señor, por su orden por su palabra. Tu actitud interior, y tu oración sincera debería ser: “Señor, todo lo que tengo ya no es mío”.

    Una vez que el Espíritu santo imprima en tu corazón la verdad de que nada de lo que tienes es tuyo, sino de Dios, dile: “Señor, esta casa es tuya. Yo vivo en tu casa. Gracias por la casa que me prestas para vivir. Señor esta cama no es mía, es tuya. ¡Estoy durmiendo en tu cama! Todo es tuyo.

    ¿Y aquella otra casa que tengo allá? ¿Qué hago con ella, Señor? ¿La alquilo? ¡Tú eres el dueño!

    Mi automóvil es tuyo. Y el sueldo que cobro a fin de mes también. ¿Cómo debo administrarlo? ¿Cómo quieres que haga? Lo que es tuyo debe traer fruto para tu reino, tiene que ser usado para tu causa, para tu pueblo. Tiene que contribuir a tu reino, y a la bendición de la comunidad de tus hijos. Señor, comienza a disponer de todo lo que tengo, porque todo es tuyo”.

    Tal vez Dios te diga: “Vende ese terreno” o “Dónalo”. Para que puedas obedecer, debes estar decidido de antemano. Desde hoy toma esta actitud: “Este terreno es de Dios, y esta casa, y el auto. Todo, todo, todo es del Señor, porque El es el Señor de mi vida”. Este principio tiene que penetrar muy hondamente en nuestro corazón. La Biblia nos enseña que el amor al dinero es raíz de todos los males.

    Dentro de ese “todo” están incluidos los diezmos. ¿Qué es el diezmo? El 10% de todo sueldo, de toda ganancia que tenemos. Este es un principio de Dios. El diezmo no es algo relegado exclusivamente a los tiempos del Antiguo Testamento. Tampoco es algo establecido por la ley de Moisés.

    Es un principio de Dios anterior a la ley que se encuentra a través de toda la Biblia, un principio de Dios que creó los cielos y la tierra, por medio del cual reconocemos que todo lo que existe, y todo lo que tenemos es de El y para El. Es la manera concreta de expresar que creemos que El es el único dueño de todas las cosas.

    Cuando recibes tu sueldo a fin de mes, debes tener en cuenta que todo es de Dios. ¡Todo! Si ganas $500, los 500 son de El. Pero dentro de esos $500, hay $50 que tú no puedes siquiera administrar. El Señor te ha constituido en mayordomo del 90% restante, pero el diezmo lo administra El. Aparta, pues tus diezmos y dáselos.

    “¿Qué hago con el resto, ya que el resto es para mí?
    No. No es para ti. Es para que tú lo administres. El te da el dinero, y tú comes del dinero de Dios, y te vistes tú y tu familia con el dinero de Dios. Por eso, debes agradecerle: “Gracias por la comida, Señor; gracias por la ropa, y por todos los bienes que me das”.

    Supongamos que tú ganas este mes $500. Apenas cobras, apartas el 10% para Dios, o sea $50 (porque el diezmo no debe ser lo que nos sobra sino las primicias). Antes de comenzar con los gastos, $50 son apartados para Dios. En realidad, todo el dinero es de Dios, pero esta parte la administra El. La pones en un sobre, y la llevas a la iglesia.

    ¿Cuánto te queda? $450. Pero tú dices: “A mí no me alcanzan $500 por mes para vivir. ¿Cómo voy a vivir con $450?”

    Quiero decirte algo ilógico para las matemáticas para cierto para la fe: Esos $450 rendirán más que $500. ¿Sabías eso? ¡Porque esos $450 llevan la bendición de Dios! Cuando pones tus diezmos estás señalando que todo es de El, no solo esos $50, sino también los $450 restantes.

    Es dinero recibido de la mano de Dios. En cambio, cuando te quedas con el diezmo que le pertenece a Dios, estás robando, y esos $500 quedan contaminados por el robo. Mira, quedándote con los $500 harás menos que con los $450. Porque $450 con la bendición de Dios valen más que $500 sin ella.

    Algo más. Si vas a dar el diezmo con mezquindad y tristeza, será mejor que no lo des. Dios ama al dador alegre. Ten esta actitud: “Señor, otra vez me diste $500. ¡Qué privilegio darte a ti lo que te corresponde! ¡Y qué gozo! Estos $50 son tuyos. ¡Aquí están, Señor!” ¡Cómo honra Dios esa actitud?

    ¿Para qué quiere Dios ese dinero? Porque si cada uno pone su diezmo para Dios, habrá mucho dinero. ¿Haremos mejores templos con él? La Biblia nunca menciona que se hayan construido templos con los diezmos. Cosas como esas deben salir siempre del dinero de las ofrendas. Si la congregación quiere bancos más cómodos o un nuevo órgano, los tiene que pagar por medio de las ofrendas.

    Entonces, ¿para qué quiere Dios el diezmo? Siempre se destinó para los siervos de Dios. La Biblia así lo señala. Era para el sostén de los levitas y los sacerdotes del Antiguo Testamento. De este modo, los levitas en vez de dedicarse a cosechar, a sembrar o a negociar – es decir, a trabajos seculares – se dedicaban a la obra espiritual. El levita, en vez de estar trabajando de carpintero, por ejemplo, se ocupaba de las cosas referentes al culto (ver Números 18.21).

    ¿Para qué quiere Dios hoy nuestros diezmos? Para el sostén de sus obreros. Esto es lo que San Pablo enseña en 1 Corintios 9.11-14. No es que nosotros paguemos a los obreros. No. Es Dios quien le paga. Nosotros damos el diezmo a Dios. Eso entra en el bolsillo de Dios. Yo no puedo hacer con el Diezmo lo que a mí me parece. No, porque eso lo administra Dios. Y él ha llamado a algunos a dejar su propia ocupación para ser pastores, evangelistas, maestros.

    Y si los llamó a su obra, ¿quién les debe dar el sostén? ¡Dios! ¿Con qué dinero? Con el dinero que diezman todos los discípulos cada mes o cada semana. Dios ya ha dado un destino a los diezmos: son para sostener a sus obreros.

    Si tú llamas a un carpintero a hacer un trabajo en tu casa, ¿quién le va a pagar? ¡Tú mismo, que lo llamaste! Y si Dios llama a algunos a predicar el evangelio, a ser evangelistas, apóstoles, maestros, ¿quién les va a pagar? Dios mismo. Cuando nosotros no ponemos el dinero de nuestros diezmos, ¿sabes qué estamos haciendo en realidad? Estamos robando a Dios y evidenciando que Jesucristo no es el Señor del dinero que ganamos.

    Tomado del libro: Jesucristo es el Señor

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    . Por Jorge Himitian

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