La adoración
es la clave para comprender la cuestión total de
la salvación. Eso se debe a que la meta de la salvación
es producir verdaderos adoradores.
Ellos son lo que “adorarán
al Padre en espíritu y en verdad; porque también
el Padre tales adoradores busca que le adoren” (Jn.
4:23).
Cuando Pablo evangelizó a los perdidos, aun sus
seguidores dijeron de él: “Este persuade
a los hombres a honrar a Dios contra la ley” (Hch.
18:13). El corazón y el alma del evangelismo es
llamar a los perdidos a adorar a Dios. El no vivir una
vida de adoración es una afrenta a su santa naturaleza
y un acto de rebelión en su mundo.
El evangelismo es el registro de una crónica de
adoración. Cuando los sabios del oriente vieron
al recién nacido Cristo “postrándose,
lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes:
oro, incienso y mirra” (Mt. 2:11). Después
que los discípulos vieron a Cristo caminar sobre
las aguas y calmar una tempestad, lo adoraron diciendo:
“Verdaderamente eres Hijo de Dios” (Mt. 14:33).
Un ciego a quien Cristo sanó dijo: “Y sabemos
que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso
de Dios, y hace su voluntad, a ese oye” (Jn. 9:31).
Aquel hombre destacaba que solo hay dos clases de personas:
Aquellos a quienes Dios oye y a quienes no oye. El contraste
es entre pecadores y adoradores. Ser cristiano es ser
un adorador.
En los evangelios los que llegaron a conocer a Cristo
le rindieron alguna clase de adoración, dándole
honor, homenaje, respeto, reverencia, adoración
y alabanza al mismo Dios. Nosotros no debemos hacer menos.
El autor de Epístola a los Hebreos escribió:
“Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible,
tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole
con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor”
(He. 12:28–29, vea Dt. 4:24). La adoración
agradable es el resultado de la salvación. Pero
la adoración alcanza su plenitud cuando el creyente
espontáneamente se ofrece a Dios, lo adora con
respeto y con temor piadoso.
Dios debe ser el centro
de nuestros pensamientos
¿Cómo podemos cultivar un corazón
para la adoración? Haciendo a Dios el centro de
nuestros pensamientos. Adorar es un desbordamiento de
una mente renovada por la verdad de Dios. Debemos centrar
toda nuestra atención a Él.
Centrar nuestros pensamientos en Dios comienza con lo
que me gusta llamar descubrimiento. Es decir, cuando descubrimos
una gran verdad respecto de Dios, comenzamos a meditar
sobre esa verdad hasta que cautiva toda nuestra capacidad
pensante. Esa a su vez nos conducirá a la adoración.
A veces no será una cuestión de descubrir
algo nuevo. Quizá sabemos una verdad pero la olvidamos.
O tal vez todavía la recordamos, pero ahora la
vemos más claramente o desde una perspectiva diferente.
Si la adoración se basa en la meditación,
y la meditación en descubrir, ¿sobre qué
se basa el descubrir? En el tiempo invertido con Dios
en oración y en la Palabra. Es triste que muchos
consideren la oración primordialmente como una
manera de conseguir cosas. Hemos perdido de vista el aspecto
que acompaña la oración, es decir, estar
quietos y ser conscientes de la maravillosa presencia
de Dios y tener comunión con Él allí.
Como creyentes, estamos arraigados y fundados en Cristo,
pero cuán profundamente crecen nuestras raíces
y cuán maravilloso aparece nuestro fruto dependerá
en gran medida de nuestro proceso de descubrir y meditar
en la maravillosa verdad de Dios. Donde no hay descubrimiento,
no habrá meditación. Donde no hay meditación,
no habrá adoración.
Cuando tratamos de centrarnos en la adoración,
encontraremos un gran obstáculo, el ego. En lugar
de permitir tiempo para la oración, la meditación
y la adoración somos propensos a cumplir nuestros
propios deseos. Nos inclinamos a pensar sobre a nuestros
propios proyectos, actividades y necesidades, pero no
acerca de Dios. Incluso si lo hemos aprendido de otra
persona, debemos meditar en verdades espirituales y apropiarnos
de ellas. Al hacer eso, el Señor llenará
nuestros corazones con alabanza.
John MacArthur es pastor-maestro
de Grace Community Church en Sun Valley,
California. Presidente de The Master's College
and Seminary. Es bien conocido como un dinámico
expositor de las Escrituras mediante su
programa radial "Gracia a vosotros"
que se transmite diariamente.
Autor de muchos éxitos de librería
entre los que se encuentran: La "Biblia
de estudio MacArthur", la serie "Comentario
MacArthur del Nuevo Testamento", "La
verdad para hoy", "Avergonzados
del evangelio" y muchos otros.
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