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Recordemos a María, la madre de Cristo
Escrito por Cameron Lawrence

Mientras los árboles se quedan sin sus últimas hojas y siguen bajando las temperaturas, mi esposa y yo estamos en un espíritu de preparación. En medio de los cambios normales de la estación, estamos esperando nuestro primer hijo —un bebé que nacerá en Navidad.

 

El vientre de mi esposa ha crecido y está irreconocible. He sentido al bebé patear la palma de mi mano; hay solo un tenue velo de carne entre nosotros. Un día, pronto, nos veremos cara a cara.

Tener a un niño en Navidad nos hace apreciar la realidad de la Natividad. Dios se hizo humano en la forma de un niño, naciendo de una virgen. Y esto sucedió para la salvación de la humanidad y la redención de toda la creación. Es la misma historia que recordamos cada año. Pero cuando veo a mi esposa caminando por la casa —sin poder doblarse con facilidad o levantarse de una silla— tengo que pensar en un aspecto de la encarnación que tiendo a olvidar: que Cristo tuvo una madre.

No es que alguna vez, en el pasado, pasé totalmente por alto a María, sino que tenía la tendencia a minimizar su importancia en la historia de la salvación. Quizás a usted le haya sucedido lo mismo. Como no quería quitarle nada de la gloria al Señor, me iba tanto hasta el otro extremo que ignoraba la clara enseñanza de las Sagradas Escrituras: que María fue honrada por Dios mismo.

El retrato que nos da la Biblia de la joven María, que apenas había llegado a la edad de mujer según el criterio de su tiempo, es de humildad y obediencia. Pensemos en la anunciación del nacimiento de Cristo. Las Sagradas Escrituras nos dicen que el ángel Gabriel se le apareció a María, diciendo: “¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo… María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios” (Lc 1.28-30).

La Biblia enseña también que a las personas más cercanas a ella no les resultó difícil reconocer el papel especial de María. Basta con ver su visita a Elisabet —que se convertiría pronto en la madre de Juan el Bautista: “Cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1.41-43). Lucas nos dice que, inspirada por el Espíritu Santo, Elisabet fue impulsada a proclamar la honra y la bendición especiales conferidas por Dios a María.

Lejos de ver a María como un recipiente pasivo o como un vaso conveniente, los primeros pastores y teólogos de la iglesia reconocieron toda su importancia. Advirtieron el notable parecido que había entre su vida y la de muchas personas y maravillas del Antiguo Testamento.

Por ejemplo, a semejanza de la zarza que vio arder Moisés en el desierto, María llevó también al santísimo Señor en su vientre sin ser consumida. Podía compararse a un cesto de maná, porque llevaba el Pan de Vida. O, así como en el arca del Pacto estaba la presencia de Dios en el antiguo Israel, ellos vieron en María el “arca del nuevo Pacto” porque llevaba dentro de ella la presencia del Dios incontenible.

A quienes ella visitó fueron bendecidos, al igual que la casa de Obed-edom cuando David trajo el arca original a su casa (2 S 6.1-11). Abundan las semejanzas. Pero quizás la correlación más impresionante de todas es aquella que hay entre María —conocida por los primeros cristianos como Theotokos (“madre de Dios” en griego)— y Eva, la madre de la humanidad.

Ireneo de Lyon, escribiendo en el siglo II, explica la conexión: “[Eva] por haber sido desobediente fue hecha la causa de la muerte, tanto de sí misma como de todo el género humano”. Pero María se convirtió en “la causa de la salvación, tanto de sí misma como de todo el género humano… el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María.

Lo que Eva había atado por la incredulidad, fue desatado por María mediante la fe” (Contra los Herejes, Libro III, capítulo 22.4). Si el apóstol Pablo pensaba de Cristo como el segundo Adán, Ireneo pensaba de María como la segunda Eva. Eva dio a luz a la humanidad caída, y María dio a luz su redención.

En cierto modo, esto implica un papel de maternidad espiritual de María. Así como las mujeres dan vida a sus hijos, y por extensión a las generaciones de nietos que siguen, nosotros también heredamos los beneficios de su fidelidad: la vida en Cristo y el descanso eterno con Él. Por su fidelidad, María hizo posible la iglesia, que es el cuerpo de Cristo.

Como lo expresó Agustín en el siglo IV: “Claramente (María) es, en espíritu, la Madre de quienes somos miembros de Jesucristo, ya que ella cooperó, por amor, para que los fieles, que son los miembros de esa Cabeza, pudieran nacer en la Iglesia. En el cuerpo, de hecho, es la madre de esa misma Cabeza” (La santa virginidad, 6. 6). Con esto en mente, tenemos mucho por lo cual estar agradecidos.

Todos podemos estar agradecidos por las personas que son parte de nuestra vida: padres, amigos, pastores, instructores, e incluso extraños. Hay otras que juegan un papel innegable en nuestra salvación. Podríamos decir que por medio de ellas hemos encontrado vida en Dios. ¿Y cuánto más por medio de la mujer de quien Dios tomó la carne que sería crucificada, puesta en una tumba, y resucitada?

Son muchas las lecciones que podemos aprender de María. Por ejemplo, a responder con fe y obediencia cuando Dios trae algo inesperado a nuestras vidas. También podemos aprender a mantenernos humildes, dejando que el Señor nos honre como a Él le plazca, en vez de hacer de ello un ejercicio de nuestra voluntad. María fue un ejemplo de docilidad. Aunque era la madre de Jesús y una figura de autoridad en su vida, aprendía de su Hijo y meditaba esas lecciones en su corazón. Y como vemos en las bodas de Caná, tenía una fe firme en el poder de Jesús para proveer lo necesario y hacer milagros.

Pero quizás el ejemplo más importante de María para nosotros fue su disposición de convertirse en la primera persona cristiana. Con fe y humildad, recibió al Señor en su vida —en su propio cuerpo. Mientras estuvo embarazada, alimentó al Señor que había dentro de ella, y a través de ella se hizo carne la Verdad en el mundo. Lo mismo sucede con usted y conmigo. Al poner la fe en Jesús, recibimos su presencia por medio del Espíritu Santo.

Él hace que nuestros corazones sean su morada, y a través de nosotros se da a conocer. Somos templos del Espíritu Santo (1 Co 6.19), y nuestra tarea es alimentar su presencia por medio de una vida recta, la oración, el servicio y la adoración. Al igual que María, estamos llamados a hacer que la Verdad se encarne en el mundo por medio de la totalidad de nuestro ser.

Más allá de aprender de María, recordar y conmemorar su vida como madre de Jesús es un medio de protección contra las herejías que niegan la humanidad de Cristo. Al recordarla, encontramos la manera de poner a la encarnación de Jesús en el centro del escenario con la crucifixión y la resurrección, donde tiene que estar.

Reconocer toda la importancia del singular papel de María en la historia de la redención, no le resta nada al Señor. Solamente acentúa más la verdad de quién es Él, de lo que ha hecho, y de lo que hará. Y así como yo veré a mi bebé, un día, pronto, le veremos a Él cara a cara —su carne, sus cicatrices, su gloria.

 

 
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Que la lluvia de la Navidad te agarre con el paraguas roto para que te empape y salpique a todos los de tu alrededor! Feliz Navidad!

Que el niño Jesús con su llegada nos traiga mucha paz, esperanzas, amor, y que ilumine con su llegada a todos los mas necesitados del mundo especialmente a todos los niños del mundo.

Nadie es tan pobre para no dar, Ni tan rico para no recibir...

Un hermosa navidad y un año cargado de buenas noticias. ¡¡¡felicidades!!!

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