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Vayamos y Veamos
Escrito por Erin Gieschen

Cómo los pastores de la historia de la Navidad nos enseñan a recibir el regalo más maravilloso de todos.

 


Me había quedado despierta aunque ya todos se habían marchado, no podía dormir.

Por alguna razón, todas las tragedias, las tristezas y los problemas no resueltos del año se abalanzaron en mi mente. Tal vez era porque se trataba del fin del año. O quizás porque no había experimentado una noche tan tranquila desde hacía mucho tiempo.

Vivo en la ciudad, donde los automóviles, las sirenas y el ruido de muchas personas generan un bullicio continuo. Pero me encontraba ahora en las montañas, en una cabaña junto a un lago muy tranquilo. En un silencio así, no se pueden ahogar todos los pensamientos que han estado pidiendo salir a la superficie para recibir atención.

Entonces, en el momento que me levanté de la cama para ocuparme de mi insomnio, las lágrimas que habían estado reprimidas comenzaron a fluir; tenía el corazón recargado de mil dolores diferentes. ¡Ay Señor! ¿Por qué? ¿Por qué esto? ¿Por qué aquello? Las oraciones cargadas de lágrimas salieron hasta dejarme sin fuerzas para secarme las lágrimas. Lo que quería era caer dormida y despertarme la mañana siguiente sintiéndome mejor.

Sal de la cabaña. Fue un tranquilo pero distinguible impulso.

¿Eres tú, Señor? Me detuve en seco, sintiéndome muy desdichada. Si eres tú, ¿no puedes ver que en este momento no tengo energías para nada que no sea fácil de hacer? Afuera hay demasiado frío, y no quiero despertar a nadie. Además, podría haber osos. Tal vez podrías hacer sólo que me sienta mejor, para así poder dormir.

Sal, y verás lo que quiero mostrarte.

Ya estaba corriendo el riesgo de despertar a mi familia por todo el llanto, así que decidí obedecer el impulso. Tal vez Dios quería que viera a un ciervo con una cruz alrededor de su cuello, o un oso pronunciando palabras proféticas de sabiduría. Me puse de mala gana un abrigo, descorrí el cerrojo de la puerta, y salí de la cabaña.

Luego miré hacia arriba, y me quedé literalmente sin aliento por lo que vi.

El cielo estaba colmado de estrellas resplandecientes. Era como si alguien hubiera pintado el cielo de la noche con constelaciones blancas, sin dejar ningún espacio oscuro entre ellas. Yo había visto noches estrelladas muchas veces, pero nada como esto. Me quedé paralizada, mientras me invadía una admiración reverente que hizo callar mi monólogo interior, pues no quedaba lugar para nada más que no fuera una conciencia de la magnífica presencia de Dios. Al igual que el personaje principal de la historia Hasta que tenemos caras, de C. S. Lewis, lo único que pude decir fue: “En tu presencia, las preguntas huyen…”

Imagino que la noche en que los pastores se enteraron del nacimiento de Cristo se pareció un poco a esta. No es que las estrellas en el cielo de la antigua Judea fueran particularmente asombrosas; los pastores de Belén estaban acostumbrados, sin duda, a la belleza de la Vía Láctea que se extendía por encima de ellos mientras la pequeña aldea y sus rebaños dormían.

Era, más bien, la fantástica ráfaga de indescriptible luz que debió haber estallado de repente, llenándolos de temor mientras sus oídos se abrían para escuchar las sublimes voces que cantaban al Dios de toda la creación. Lucas 2.9 dice que “la gloria del Señor los rodeó de resplandor”, y solo podemos imaginar lo que debió de ser en realidad esa hermosa gloria.

Lo que sí sabemos, sin embargo, es que en toda la Escritura, cada vez que los hombres veían “la gloria de Dios”, o aun simplemente a un mensajero del cielo, caían sobre sus rostros invadidos del todo por el terror. Por eso, hay una buena razón para que, cada vez que un ángel se le aparece a una persona, le diga de inmediato: “No temas”.

Los humildes pastores son con frecuencia exaltados como los primeros receptores de la historia de la Navidad —obviamente indignos del mensaje que profetas, reyes y generaciones enteras habían anhelado durante siglos. Eran los humildes jornaleros que cuidaban las pertenencias de otras personas. Sería esa la profesión que más tarde elegiría Jesús como la principal metáfora de su relación con nosotros: el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas y las llama por su nombre.

Pero el alcance de la historia de los pastores va mucho más allá de la grandiosa revelación que recibieron esa noche. Su verdadero rol es mucho mayor que el de haber sido elegidos como los destinatarios de un anuncio sagrado, y el regalo que se les dio fue mucho más impresionante que, incluso, la milagrosa desgarradura que hubo en el umbral entre el cielo y la tierra del que fueron testigos.

Según el relato bíblico, el ángel que les anunció el nacimiento del Mesías no les ordenó en ningún momento que fueran a visitar al recién nacido rey; lo único que les dijo era que la “señal” del Ungido sería un “niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre”. La implicación es que estas “nuevas de gran gozo” para todo el pueblo les estaban siendo confiadas a ellos (2.10, 11).

Fueron los pastores quienes tomaron la iniciativa de hallar lo que los ángeles les habían relatado. La simple recepción de la revelación habría sido maravillosamente suficiente, pero su fe los impulsó a aceptar la extraña invitación que les había sido dada (2.15). Así pues, fueron de prisa a Belén en busca de un pesebre que acunaba a un bebé.

Podríamos especular que Dios eligió a hombres sencillos para que recibieran esta señal absolutamente inesperada, porque los hombres de posición o de “estatura” espiritual nunca habrían creído que el recién nacido acostado en un pesebre era el tan esperado Mesías. Pero la gran fe de los pastores era evidente: no solo se apresuraron a encontrar lo maravilloso que habían escuchado; al encontrar al niño Jesús con sus fatigados padres en el oscuro establo, recibieron el cumplimiento de la promesa de Dios con corazones abiertos. Su gozo era demasiado grande para ocultarlo: se nos dice que “corrieron la voz” entre todos los que querían escucharlos, y su asombro era contagioso (v. 17).

La historia de los pastores termina con la hermosa escena de su regreso a sus rebaños en el campo, “glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho” (v. 20). Quienes recibieron la plenitud de un regalo divino, fueron cambiados para siempre.

Después entendí por qué pensé en los pastores esa noche en las montañas. Al igual que el regalo que se les dio a ellos, el regalo de Dios para mí exigía que yo viniera a Él —que me desplazara de donde estaba, para ir a recibir lo que Él quería darme. Son tantas las veces que espero que Dios se “presente” dejando caer su respuesta en mis brazos. O me figuro que, porque no veo ninguna señal evidente de Él, decidió no revelarme su voluntad en una situación determinada. Quizás me había invitado a ir y descubrir lo que quería mostrarme, pero me lo perdí porque no quise correr el riesgo de salir sin saber lo que iba a encontrar.

A la mayoría de nosotros la historia de la venida de Cristo nos ha parecido demasiado distante para despertar un nuevo asombro y una nueva alegría en nuestro ser. Pero la historia de los pastores nos invita a salir y ver lo que Dios desea darnos. Si solamente escucháramos su voz y nos encontráramos con Él en los lugares inesperados donde nos espera, quizás, también, nos llenaríamos de un asombro que apenas es posible contener.

 
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Que la lluvia de la Navidad te agarre con el paraguas roto para que te empape y salpique a todos los de tu alrededor! Feliz Navidad!

Que el niño Jesús con su llegada nos traiga mucha paz, esperanzas, amor, y que ilumine con su llegada a todos los mas necesitados del mundo especialmente a todos los niños del mundo.

Nadie es tan pobre para no dar, Ni tan rico para no recibir...

Un hermosa navidad y un año cargado de buenas noticias. ¡¡¡felicidades!!!

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