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El servicio a la manera de Dios

Escrito por Charles Stanley

 

Uno de los privilegios que el Señor da a sus hijos, es la oportunidad de participar en lo que Él está haciendo. Dios, que no necesita ayuda, y que tiene el poder de hacerlo todo, quiere llamarnos a trabajar con Él para llevar a cabo sus propósitos en la tierra.

Porque sabe que necesitamos una meta más elevada en la vida que crear nuestros propios imperios, el Señor nos ofrece la oportunidad de participar en la construcción de su reino.

La fuerza del hombre nunca podrá sustituir al poder divino

Puesto que muchas personas creen que "la obra de Dios" es una actividad que hacen sólo los pastores, los misioneros, o las iglesias, tengo que aclarar lo que este término significa realmente. El diablo ha tratado de engañarnos haciéndonos pensar que podemos separar nuestra vida en dos áreas distintas: la religiosa y la secular.

Según Efesios 2.10, todos los creyentes somos "hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas". No hay división entre área secular y área religiosa en la vida de los cristianos.

Todo lo debemos hacer "como para el Señor y no para los hombres" (Col 3.23). Al hacer con fidelidad nuestro trabajo, ocuparnos de nuestros hogares y familias, o satisfacer necesidades en la iglesia o en la comunidad, estamos sirviendo a Cristo y participando en su actividad.

Como "colaboradores de Dios" (1 Co 3.9), necesitamos saber cómo podemos ayudar a lograr sus objetivos a su manera. Un magnífico principio se encuentra en Zacarías 4.6, 7. Después de 70 años de cautiverio en Babilonia, los israelitas habían sido autorizados a regresar a Jerusalén para reconstruir su templo. Bajo el mando de Zorobabel, habían echado sus bases, pero por el hostigamiento y las dificultades el templo había quedado inconcluso durante 15 años.

El Señor envió un mensaje al profeta Zacarías, animando a Zorobabel a perseverar, y prometiéndole que el templo sería terminado. Aunque el trabajo que Dios ordena varía con cada persona y generación, el principio que dio a Zacarías hace miles de años sigue siendo aplicable hoy: No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos" (Zac 4.6).

En este versículo encontramos dos métodos contrastantes para el servicio. Enfrentar un trabajo con "ejército y con fuerza" significa depender de nuestros propios recursos y capacidades, trabajando de manera independiente, y confiando en el conocimiento y el brazo humano.

En cierto momento de mi vida descubrí lo inútil que era este método. Me eché encima toda la carga del ministerio, hasta llegar al punto de necesitar tres meses de descanso para recuperarme. No es así como Dios quería que hiciera su trabajo.

No hemos sido llamados por el Señor a responder a todas las necesidades, ni para servir en cada momento. Dios no da a una persona más de lo que ésta puede hacer. ¿Hay en su agenda más actividades de las que puede manejar? Si es así, entonces es probable que tenga tareas que Dios no ha dispuesto para usted. Si usted trata de hacer muchas cosas al mismo tiempo, las tareas que el Señor escogió para usted no las hará bien, y Él no será glorificado.

El Señor no bendecirá nuestro trabajo si no lo tenemos en cuenta a Él. En realidad, el Señor podrá detener su mano, enredar las circunstancias, frenar los recursos y frustrar nuestros esfuerzos. La autoconfianza produce estrés, desánimo y frustración. Por ser soberano, Dios siempre realiza sus planes con o sin nosotros. Pero, cuando hacemos las cosas a nuestra manera, perdemos su bendición.

Un peligro de trabajar confiando en nuestras propias fuerzas, es la devoción a la tarea antes que a Dios. En vez de pensar en nosotros como sus siervos, podemos creer que el ministerio es nuestro, y hacer que nuestra identidad dependa del mismo. En el empeño de subir nuestra autoestima y tener un propósito en la vida, corremos el riesgo de convertir nuestro trabajo en un ídolo. La identidad de un creyente está en su relación con Cristo, no en lo que logra para su reino.

Zacarías 4.6 nos dice que la otra opción para llevar a cabo los propósitos de Dios, es "con [Su] Espíritu". Cualquier cosa que el Señor nos llame a hacer, debemos hacerla con total confianza en el Espíritu Santo, quien mora en nosotros. Porque el Señor sabía que sus discípulos necesitarían ayuda les mandó que esperaran en Jerusalén hasta que fueran "investidos de poder desde lo alto" (Lc 24.49). ¡Qué insensatez es afanarse torpemente cuando la gracia de Dios está a nuestra disposición!

Pero, ¿cómo podemos saber si estamos confiando en el Espíritu? En primer lugar, permítame decirle lo que esto no significa. Depender del Señor no es cuestión de orar pidiendo su bendición en lo que decidimos hacer, renunciar a nuestra responsabilidad de mantener la confianza en Él, o acudir al Señor como el último recurso después de agotar todas nuestras opciones.

La confianza verdadera en el Señor es la convicción profunda de que no podemos hacer las cosas sin Él. En otras palabras, si Dios no actúa en nosotros, no lograremos nada. Uno de las oraciones más gratas que Dios escucha de sus hijos, es ésta: "¡Señor, no sé cómo hacerlo!", porque sabe que estamos a punto de depender por completo de Él.

Esta oración puede llegar fácilmente a nuestros labios cuando la tarea es enorme, ¿pero qué de las cosas pequeñas que parecen estar dentro de nuestras posibilidades? Uno de los estorbos más sorprendentes para la dependencia en el Señor, es nuestro éxito. Los logros del pasado pueden hacer que nos volvamos demasiado confiados en nosotros mismos, y que pensemos que podemos manejar las cosas. Es la misma filosofía que promueve el sistema de este mundo, que dice: "Puedes hacerlo sin Dios".

Debemos evitar considerar nuestra necesidad del poder del Espíritu Santo en función del tamaño de la tarea. En realidad, ni siquiera podemos tener nuestra próxima respiración sin su intervención. Si en realidad entendiéramos nuestra condición, clamaríamos a Dios cada mañana, pidiendo su fortaleza para afrontar el día, no importa lo que éste traiga. Aprendamos a depender de Él, ya sea pequeña o grande la tarea que tenemos que hacer.

Una vez que lleguemos al final de nuestra autosuficiencia, Dios nos dará el poder para hacer las tareas que ha dispuesto para nosotros. Pero, para discernir cómo cumplir nuestro llamamiento, debemos buscar su dirección cada día sometiéndonos a Él, llenando nuestra mente con la verdad de la Escritura, y manteniendo una conversación permanente con el Señor. Luego, por fe, al sentir que Él está trabajando en y alrededor de nosotros, podremos ver señales de su mano en nuestras vidas y circunstancias.

Dios será glorificado, no sólo en la obra, sino también en aquellos que confían en Él para hacerla. Cuando veamos la evidencia de su fidelidad, fluirán de nuestros corazones alabanza y gratitud, por lo que la preocupación y el estrés serán reemplazados con paz y alegría.

Es de esperarse oposición en todo lo que el Señor quiere que hagamos. Zorobabel enfrentó una enorme resistencia en sus esfuerzos por construir el templo, pero el Señor prometió eliminar todos los obstáculos y lograr la culminación (Zac 4.7). Mientras vivamos en esta tierra seguirán las dificultades, pero tenga presente que ningún obstáculo es demasiado grande para el Señor. Podemos considerar pesadas nuestras responsabilidades, y penosas las demandas del ministerio, pero ellas nunca debilitan el poder de Dios.

Algunos de los conflictos que enfrentamos son invisibles. Puesto que se libra una guerra entre el reino de Dios y el reino de Satanás, siempre surge oposición cuando buscamos trabajar con el Señor. Los creyentes necesitamos a toda costa revestirnos cada mañana con la armadura de Dios, para que podamos "estar firmes contra las asechanzas del diablo". Sólo así podremos "[estar fortalecidos] en el Señor, y en el poder de su fuerza" (Ef 6.10, 11).

Los obstáculos a la obra de Dios vienen en una variedad de formas. Las circunstancias retan nuestra fortaleza, la gente prueba nuestra paciencia, y los temores amenazan con turbarnos. Los fracasos del pasado nos tientan a renunciar, y la incredulidad nos hace dudar de que el Señor pueda ayudar. Al centrarnos en la imposibilidad de una tarea, olvidamos que nada hay imposible para Dios (Lc 1.37). Al enfrentar nuestros temores y perseverar con obediencia, aprendemos que Él es fiel.

Los estorbos en nuestro servicio al Señor no son para detenernos, sino que nos ofrecen la oportunidad de ver la manifestación del poder divino. Si nunca enfrentamos oposición, jamás llegaremos a conocer la grandeza de nuestro Dios.

Muchas veces queremos conocer al Señor sólo por medio de la comodidad de nuestra experiencia de salvación, no de las luchas y los obstáculos del servicio abnegado. Pero el apóstol Pablo llegó a conocer a Cristo más profundamente por medio de debilidades, naufragios, azotes y peligros (2 Co 11.24-30). Enfrentó oposición constante y sufrimientos intensos, pero consideraba que todo esto era una "leve tribulación momentánea" que estaba produciendo "un cada vez más excelente y eterno peso de gloria" (2 Co 4.17).

El sufrimiento no es señal de que nos hemos extraviado y fallado en hacer la tarea de Dios. Cuando los caminos del Señor conducen a un tiempo de adversidad, el Espíritu Santo puede darnos poder con una actitud de esperanza para ver lo que Dios hará. El saber que el Señor está actuando para nuestro bien, nos permite soportar las dificultades con gozo y paciencia. Si perseveramos con fe y esperanza cuando surja la dificultad, daremos un testimonio maravilloso al mundo perdido.

El deseo de mi corazón es hacer la obra del Señor a su manera. Los logros grandes, rápidos y llamativos pueden impresionar a la gente, pero Dios apunta a un éxito más grande y más permanente. La capacidad humana y la creatividad pueden ser muy notables, pero si el Señor no es quien está invistiendo de poder, nuestros esfuerzos serán como un meteoro que arde con fulgor por un rato y luego desaparece en la oscuridad; no darán gloria a Dios, ni lograrán lo que Él quería.

En cambio, la obra que el Señor hace por medio de nosotros sigue brillando como una estrella. Aunque el éxito de la misma puede no ser evidente desde nuestra limitada perspectiva humana, el resultado será una recompensa eterna en el cielo (1 Co 3.9-15). El objetivo de nuestro trabajo no debe ser causar sensación, sino terminar bien después de haber hecho todo lo que Dios nos ha confiado, para darle a Él toda la gloria y la alabanza

 

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