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Nuestro Dios responde con fuego

Escrito por Orville Swindoll

 

Cuando estudiaba en la universidad tuve la dicha de conocer al pastor de una congregación en las afueras de un pueblo no muy grande, que me invitó a colaborar con él en el ministerio mientras perseguía mi meta de una educación adecuada para ejercer el ministerio de la palabra de Dios. No recuerdo de ese pastor grandes predicaciones o disertaciones. Aunque era estudioso, mis recuerdos de él no traen a mente un notable desarrollo académico. Lo que sí recuerdo de él es la pasión que tenía por Dios y por las almas perdidas en el pecado.

1 Reyes 18:21–24
    21Elías se presentó ante el pueblo y dijo:    —¿Hasta cuándo van a seguir indecisos? Si el Dios verdadero es el SEÑOR, deben seguirlo; pero si es Baal, síganlo a él.
    El pueblo no dijo una sola palabra. 22Entonces Elías añadió:
    —Yo soy el único que ha quedado de los profetas del SEÑOR; en cambio, Baal cuenta con cuatrocientos cincuenta profetas. 23Tráigannos dos bueyes. Que escojan ellos uno, y lo descuarticen y pongan los pedazos sobre la leña, pero sin prenderle fuego. Yo prepararé el otro buey y lo pondré sobre la leña, pero tampoco le prenderé fuego. 24Entonces invocarán ellos el nombre de su dios, y yo invocaré el nombre del SEÑOR. ¡El que responda con fuego, ése es el Dios verdadero!


Cada sábado por la mañana cuando yo llegaba de otra ciudad donde estudiaba, lo primero que él quería hacer era orar. Siempre nos pusimos de rodillas y clamamos al Señor por su bondad y justicia, por su misericordia y gracia. Rogamos que tocara los corazones de las personas que iríamos a visitar por la tarde para predicarles el evangelio.

Cuando ese pastor oraba, derramaba su alma delante del Señor. Al hacerlo, siempre lloraba, pues sentía profundamente la carga en su corazón que provenía de su aguda conciencia de su responsabilidad delante de Dios por las personas que aún no conocían a Cristo.

Mientras él oraba, aumentaba en mí la conciencia de que yo no sabía orar; no sentía como él la carga del sagrado oficio de anunciar el evangelio a otros. Uno de los cursos que estudiaba en la universidad cristiana era homilética, el arte de preparar buenos sermones. Me esforzaba en la preparación de los mensajes que me tocaba predicar. Lo que me faltaba era pasión. De ese pastor aprendí mucho acerca de la importancia de la condición de mi corazón ante el Señor.

Me crié en un hogar cristiano. Especialmente mi madre tuvo un corazón rendido al Señor. Ella me contaba historias bíblicas, me enseñaba lecciones de la palabra de Dios, me enseñaba a orar y obedecer a Dios. De ella aprendí la importancia de diezmar y de honrar a Dios en todas las esferas de la vida.

Papá siempre nos llevaba a todos a las reuniones de la iglesia: a mamá y a los tres hijos. Con su ejemplo nos enseñó el valor del carácter honesto e íntegro, del trabajo responsable y puntual y del trato gentil y cortés con otras personas. Era un hombre muy bueno, de excelente carácter, un verdadero caballero cristiano.

Sin embargo, aunque me crié en un ambiente cristiano y sano y aunque me entregué a Cristo a los diez años de edad y me bauticé, no recuerdo un profundo encuentro con el Señor hasta que entré a la universidad. Mi comportamiento era relativamente bueno, mi respeto por Dios y la iglesia era serio y sincero, la Biblia era mi texto de guía y mi asistencia a las reuniones de la iglesia era bastante regular. Pero me faltó algo.

Al analizar mi situación, llegué a la conclusión de que me faltó un toque sobrenatural, un encuentro con el Dios inefable e inexplicable. Lo mío —hasta el momento— era bastante razonable y explicable. ¡Y eso era el problema!

Durante mi primer año en la universidad enfrenté una situación frustrante que me llevó a clamar seriamente al Señor. Hasta el momento había pensado en llegar a ser ingeniero y había ingresado en una de las mejores universidades de la nación a fin de prepararme para esa profesión. Pero ahora estuve confundido; no me sentí satisfecho; no tuve claridad con respecto al rumbo de mi vida.

Al buscar al Señor con seriedad y cierta urgencia, comencé a percibir que él tenía otros planes para mi vida. Me parece que era la primera vez en mi vida adulta que pude decir que había oído de Dios o, al menos, había percibido la clara guía del Espíritu Santo. No vi ninguna visión, ni escuché palabras audibles, pero comenzó a brotar dentro de mí una convicción clara y firme: Dios quería hacer cargo de mi vida. Esa convicción comenzó una verdadera revolución en mi vida cristiana. ¡Nunca más sería igual!

ELÍAS Y EL FUEGO DE DIOS

Volvamos a nuestro texto de 1 Reyes capítulo 18. El relato bíblico nos cuenta que Elías cedió el lugar preferente a los profetas de Baal que gritaron, se castigaron y, en general, se gastaron en su esfuerzo inútil de lograr que Baal les contestara. El versículo 29 del pasaje describe la consecuencia calamitosa de sus clamores:

Pasó el mediodía, y siguieron con su espantosa algarabía hasta la hora del sacrificio vespertino. Pero no se escuchó nada, pues nadie respondió ni prestó atención.
 
Sigue ahora la historia que relata la acción de Elías:

1Reyes 18:30–39
    30Entonces Elías le dijo a todo el pueblo:
    —¡Acérquense!
    Así lo hicieron. Como el altar del SEÑOR estaba en ruinas, Elías lo reparó. 31Luego recogió doce piedras, una por cada tribu descendiente de Jacob, a quien el SEÑOR le había puesto por nombre Israel. 32Con las piedras construyó un altar en honor del SEÑOR, y alrededor cavó una zanja en que cabían quince litros  de cereal. 33Colocó la leña, descuartizó el buey, puso los pedazos sobre la leña 34y dijo:
    —Llenen de agua cuatro cántaros, y vacíenlos sobre el holocausto y la leña.
    Luego dijo:
    —Vuelvan a hacerlo.
    Y así lo hicieron.
    —¡Háganlo una vez más! —les ordenó.
    Y por tercera vez vaciaron los cántaros. 35El agua corría alrededor del altar hasta llenar la zanja.
    36A la hora del sacrificio vespertino, el profeta Elías dio un paso adelante y oró así: «SEÑOR, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que todos sepan hoy que tú eres Dios en Israel, y que yo soy tu siervo y he hecho todo esto en obediencia a tu palabra. 37¡Respóndeme, SEÑOR, respóndeme, para que esta gente reconozca que tú, SEÑOR, eres Dios, y que estás convirtiendo a ti su corazón!»
    38En ese momento cayó el fuego del SEÑOR y quemó el holocausto, la leña, las piedras y el suelo, y hasta lamió el agua de la zanja. 39Cuando todo el pueblo vio esto, se postró y exclamó: «¡El SEÑOR es Dios, el Dios verdadero!»

LA NECESIDAD DE UN TOQUE SOBRENATURAL E INEFABLE

La historia de Elías nos da a entender que el profeta se cansó de retar y llamar al arrepentimiento al rey Acab, como también al resto de los israelitas. Sus palabras no fueron oídas ni atendidas. El pueblo tenía que oír directamente de Dios.

Es muy importante que veamos con mucha claridad el testimonio de Elías en el versículo 36: «SEÑOR, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que todos sepan hoy que tú eres Dios en Israel, y que yo soy tu siervo y he hecho todo esto en obediencia a tu palabra.»

Elías no actuó con precipitación, ni por cuenta propia. Había clamado al Señor y recibió del trono del cielo las instrucciones precisas. Las obedeció y Dios obró.

Hermanos, no podemos inventar ni producir ni provocar una operación sobrenatural. Todo lo que podemos producir es NATURAL. Y eso no es suficiente.

Escuchemos el testimonio del apóstol Pablo al respecto en 1 Corintios 2:1–5: 1Yo mismo, hermanos, cuando fui a anunciarles el testimonio de Dios, no lo hice con gran elocuencia y sabiduría. 2Me propuse más bien, estando entre ustedes, no saber de cosa alguna, excepto de Jesucristo, y de éste crucificado. 3Es más, me presenté ante ustedes con tanta debilidad que temblaba de miedo. 4No les hablé ni les prediqué con palabras sabias y elocuentes sino con demostración del poder del Espíritu, 5para que la fe de ustedes no dependiera de la sabiduría humana sino del poder de Dios.

DEBEMOS APRECIAR LA PRESENCIA DEL ESPÍRITU SANTO

En el ministerio hay cosas que solo Dios puede hacer. Uno de los dilemas que enfrenta todo siervo de Dios es el llamado divino a hacer lo que no puede hacer, a producir lo que no puede producir. Este dilema puede provocar en nosotros confusión y frustración y, en algunos, la tentación de producir algo, aunque sea, por cuenta propia. He visto a muchos que pretenden ayudar a Dios. Como Dios no obra pronto o de la manera que quisieran, se adelantan y pretenden hacer ellos la hazaña. No sirve, hermanos, y tenemos que descartar definitivamente todo intento humano de hacer lo que solo Dios puede hacer.

Yo no puedo producir convicción, ni tú tampoco. Lo que sí puedo hacer es anunciar el evangelio y advertir del juicio de Dios, pero allí tengo que dejar toda operación interior en los oyentes en las manos de Dios solamente. Esto requiere de nosotros una aguda conciencia de nuestra dependencia del Espíritu Santo. ¡Si él no nos acompaña, si no nos unge, si no nos guía, es bien poco lo que podemos hacer nosotros!

Una experiencia genuina con Dios siempre tiene que comenzar con la conciencia de que SIN ÉL, NADA PODEMOS HACER. El próximo paso es entender que somos sus siervos. De él tienen que venir las ideas, la unción y la gracia.

Cuando Cristo dejó con los doce apóstoles la magna tarea de hacer discípulos de todas las naciones, les prometió que el Espíritu Santo les acompañaría, les traería a memoria las mismas palabras de Cristo, les revestiría del poder de lo alto. Pero tenían que esperar en él.

NOS TOCA ESPERAR Y VOLVERNOS DÓCILES

Nada bueno se logra en la obra de Dios por apresurarnos. La primera lección que tuvieron que aprender los apóstoles después de la ascensión de Jesús al cielo era una prueba de paciencia. Prestemos atención a las palabras de Jesús en Lucas 24:49:

Ahora voy a enviarles lo que ha prometido mi Padre; pero ustedes quédense en la ciudad hasta que sean revestidos del poder de lo alto.

«Quédense … esperen». El tiempo y el programa están en las manos de Dios. Nadie aprende a conocer y seguir la guía del Espíritu Santo en sus propios términos, conforme a su propia agenda.

Siempre me acuerdo la primera lección que aprendí de chico para poder nadar y superar mi temor del agua. La instructora puso su mano debajo de mi espalda mientras me acostaba en el agua. Quería enseñarme que el agua no me iba a tragar. Luego, de manera casi desapercibida retiró su mano y descubrí que pude flotar. Obviamente, flotar no es lo mismo que nadar. Pero antes de nadar, hay que aprender a flotar. Una vez que aprendí a flotar en el agua me era fácil nadar.

Y el andar en el Espíritu es bastante parecido. Tenemos que calmar nuestras emociones, nuestro apuro de hacer las cosas a nuestra manera, y aprender a esperar pacientemente en la presencia del Señor, para que él obre. Él nos hablará y nos guiará, pero solo a los que esperan en él. Escuchemos lo que dice Isaías al respecto:

¿Acaso no lo sabes? ¿Acaso no te has enterado?

El SEÑOR es el Dios eterno, creador de los confines de la tierra.
No se cansa ni se fatiga, y su inteligencia es insondable.
Él fortalece al cansado y acrecienta las fuerzas del débil.
Aun los jóvenes se cansan, se fatigan, y los muchachos tropiezan y caen;
pero los que confían en el SEÑOR renovarán sus fuerzas;
volarán como las águilas; correrán y no se fatigarán, caminarán y no se cansarán.
Isaías 40:29–31

LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO ES TRASCENDENTE

Las figuras que se usan en la Biblia para referirse a la obra del Espíritu Santo señalan que su operación en nosotros trasciende toda posibilidad humana. Bautismo, inmersión, fuego, revelación … y otros términos similares nos introducen en un plano que podemos llamar un genuino DESPERTAR. El Espíritu Santo nos conduce, nos enseña y hace la obra de Dios sin depender de nuestro talento o habilidad. Para llevar a cabo la obra que Dios nos ha asignado, tendremos que experimentar esta maravillosa operación del Espíritu Santo. Solo él puede transformar los malvados en santos, los adictos en personas disciplinadas, los egoístas en personas generosas y bondadosas. Solo él puede sanar a los enfermos y levantar a los caídos.

Sin embargo, nada de eso hará SIN NOSOTROS. Una de las cosas más maravillosas del obrar de Dios es que todo hace a través de personas humanas débiles e incapaces. Consideremos a Moisés, a José, a Pablo y a Pedro. Eran hombres con fallas y debilidades, pero Dios los llamó y los revistió de su gracia y poder. Cada uno tuvo que despertar a esta dimensión del Espíritu Santo en su vida.

Nosotros, también, necesitamos un despertar espiritual. Precisamos la conciencia que si es cierto que nada podemos hacer aparte de él, TODO PODEMOS HACER EN CRISTO. Dios nos quiere bautizar en el Espíritu Santo, sumergir en su gracia, llenarnos de su fuego, enseñarnos su revelación. Es esa operación del Espíritu Santo lo que hace posible el ministerio espiritual.

EL ESPÍRITU SANTO OBRA POR LA PALABRA DE DIOS

Finalmente, debemos entender que Dios ha unido siempre su palabra y su Espíritu. Siempre van juntos. La palabra de Dios revela el camino en el cual debemos andar y el Espíritu Santo nos capacita para andar en él.

La palabra de Dios establece los parámetros de la obra y del propósito de Dios. El Espíritu Santo nunca hará nada contrario a lo que Dios ha hablado. La palabra de Dios revela su verdad eterna, pero el Espíritu Santo es el que la introduce en el fuero interior del ser humano como una semilla viva que germina y produce la obra de Dios: sea la convicción de pecado, la salvación, la sanidad o la transformación de la vida. La palabra de Dios es la herramienta que el Espíritu Santo usa para construir la casa de Dios, la obra de Dios aquí en la tierra.

Para comprender la obra del Espíritu Santo, nada mejor podemos hacer que meternos en la palabra de Dios, empaparnos de esa palabra, comprenderla, comerla y luego pregonarla, confiando siempre en el Espíritu Santo para hacerla vivir, correr y realizar la voluntad de Dios.

Luego, llegará el momento cuando tenemos que lanzarnos en fe, en plena dependencia de Dios, sabiendo que si Dios no obra, vamos a fallar. Y cuando vemos que Dios responde con fuego, que la obra es de él, y el obrero también, y que toda la gloria es para él, sabremos que la empresa en la cual nos ha introducido no es nuestra, es de él. Para el obrero que sabe depender de Dios, ¡nada le es imposible!

Quiero terminar con una anécdota de años atrás, cuando tuvimos a varios jóvenes viviendo con nosotros y entrenándose como obreros del Señor. Casi todas las mañanas estudiamos juntos la palabra de Dios y tuvimos tiempos preciosos de oración y ayuno. Los llevaba conmigo para evangelizar de casa en casa, y para predicar el evangelio en la calle. Pero comprendí que les hacía falta encontrarse a solas con Dios, en situaciones donde no tuvieran alternativa que depender de él. Sabía que si ellos pudieran despertar a la convicción profunda que Dios estaba con ellos, que Dios mismo les abría las puertas, eso serviría para hacerles mucho más claros y firmes en la convicción de que Dios les había llamado a la obra.

Así que les avisé que el próximo lunes tendrían que salir a algún pueblo en el interior de la provincia donde vivíamos y que no quería verles de vuelta hasta que hubiera pasado por lo menos tres días. Les daba el pasaje en autobús para salir y para volver, y algunas Biblias que pudieran ofrecer en venta como colportores, pero nada más. Sabía yo —y ellos también— que si Dios no les proveyera dónde pasar las noches y dónde comer, que se encontrarían en problemas. Pero estuve seguro que si pudieran ver la mano de Dios obrando a su favor y abriendo puertas, entonces se sentirían confirmados como siervos de Dios.

Entendí que había cierto riesgo. Si ellos descubrieran que Dios no les apoyaba, entonces sabrían que no eran llamados para servirle. Tenían que recurrir a la oración, a su propia fe; tenían que probar su relación con Dios.

Así que, después de despedirlos, mi señora y yo oramos con fervor que Dios los acompañara y afirmara su palabra en sus vidas. Luego tuvimos que esperar algunos días hasta que comenzaron a volver a casa.

Cuando volvieron, cada uno tuvo una historia muy particular de la manera en que Dios obró. Casi todos fueron de dos en dos, excepto un muchacho que se fue solo (había siete en total). Dos de las chicas nos contaron cómo Dios les abrió la puerta con una familia muy amable que las recibió con amor y les daba de comer, entretanto que dieron testimonio del evangelio en el pueblo durante dos o tres días. Otras dos tuvieron una experiencia parecida cuando un matrimonio de ancianos les abrió la casa para darles albergue. Siguieron yendo a ese pueblo durante varios meses y siempre se quedaron en la misma casa.

Los varones también volvieron contentos, aunque no tuvieron tan notable respuesta como las chicas. Una noche durmieron en la estación de trenes de un pueblo y otra noche en un autobús abandonado. Pero, en resumen, no les faltó lo esencial y, sobre todo, habían probado que Dios es fiel. Varios de esos jóvenes siguen sirviendo al Señor hasta el presente.

Amados hermanos, podemos confiar en el Señor. Pero tenemos que volvernos sensibles a su voz, caminar con humildad delante de él y confiar que él está con nosotros en toda situación. ¡Nuestro Dios es fiel!

 

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