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    El Viernes 14 de Septiembre de 2001 en EE.UU. tras los atentados ocurridos el Martes 11 del mismo mes. Mensaje de Billy Graham Día Nacional de Oración y Memoria Catedral Nacional Washington, D.C.



    El Viernes 14 de Septiembre de 2001 en EE.UU. tras los atentados ocurridos el Martes 11 del mismo mes.

    Mensaje de Billy Graham Día Nacional de Oración y Memoria Catedral Nacional Washington, D.C. Viernes 14 de Septiembre de 2001

    Sr. Presidente Bush y Sra., quiero decirles una palabra en representación de mucha gente: Gracias, Sr. Presidente, por convocar a este Día de Oración y Memoria. Necesitábamos algo así en estos momentos.

    Hoy venimos juntos para afirmar nuestra convicción que Dios nos cuida, sea cual fuere nuestra raza, religión o trasfondo político. La Biblia dice que Él es “el Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones”. Por más esfuerzos que hagamos no hay palabras para expresar el horror, el impacto y la repulsión que todos sentimos por lo que ocurrió en esta nación el Martes por la mañana.

    El 11 de Septiembre pasará a la historia como un día para recordar. Hoy les decimos a aquellos que idearon este cruel atentado, y a aquellos que lo llevaron a cabo, que el espíritu de esta nación no será vencido por sus retorcidos y diabólicos planes. Algún día los responsables serán enfrentados con la justicia, como lo han establecido tan firmemente el Presidente Bush y nuestro Congreso. Pero hoy especialmente nosotros nos unimos en este servicio para confesar nuestra necesidad de Dios.

    Siempre, desde el comienzo de esta nación, necesitamos a Dios, pero hoy lo necesitamos muy especialmente. Enfrentamos una nueva clase de enemigo. Estamos envueltos en una nueva clase de batalla y necesitamos la ayuda del Espíritu de Dios. La palabras de la Biblia son nuestra esperanza: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.

    Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar” (Salmo 46.1, 2). ¿Pero cómo hacemos para entender algo como esto? ¿Por qué Dios permite que ocurra una maldad como esta? Quizás esto es lo que ahora te estás preguntando. Hasta puedes estar enojado con Dios.

    Quiero asegurarte que Dios entiende esos sentimientos que puedes tener. Hemos visto mucho en nuestra televisión, y oído en nuestra radio, historias que hacen que las lágrimas salgan de nuestros ojos y nos hagan experimentar gran ira. Pero podemos confiar en Dios, aún cuando la vida se muestra tan oscura. A pesar de lo ocurrido, ¿cuáles son las lecciones que podemos aprender? Primero, este suceso nos recuerda el misterio y la realidad de la maldad. En mi vida, cientos de veces me he preguntado por qué Dios permite las tragedias y el sufrimiento. He tenido que confesar que realmente no conozco la respuesta totalmente, aún sin quedar satisfecho en mi mente.

    He tenido que aceptar, por la fe, que Dios es Soberano, y que Él es un Dios de amor y misericordia y compasión en medio del sufrimiento. La Biblia dice que Dios no es el autor de la maldad. Habla de la maldad como un “misterio”. En 2 Tesalonicenses 2.7 habla acerca del misterio de la iniquidad. Jeremías, el profeta del Antiguo Testamento, dijo: “Engañoso es el corazón, y perverso, ¿quién lo entenderá?” Hizo esa pregunta: “¿quién lo entenderá?” Y esa es una razón por la cual cada uno de nosotros necesitamos a Dios en nuestras vidas.

    La lección de este evento no es solamente acerca del misterio de la iniquidad y la maldad, sino que también es, en segundo lugar, una lección acerca de la necesidad que cada uno de nosotros tenemos de nuestro prójimo. ¡Qué ejemplo han sido para el mundo las ciudades de Nueva York y Washington los días pasados! Ninguno de nosotros se olvidará jamás de las imágenes de nuestros corajudos bomberos y policías, mucho de los cuales han perdido amigos y colegas, o las centenares de personas atendiendo a las víctimas o esperando pacientemente en fila para donar sangre.

    Una tragedia como esta podría habernos apartado uno del otro, pero todo lo contrario: nos ha unido y nos hemos transformado en una familia. Así que a aquellos que perpetraron este acto para desmembrarnos como nación les ha resultado al revés. Les ha salido el tiro en contra suyo. Nosotros estamos más unidos que antes. Pienso que esto fue ejemplificado de una manera dinámica cuando los miembros de nuestro Congreso se pararon hombro a hombro el otro día y cantaron: “Dios Bendiga América”.

    Finalmente, aunque sea difícil para nosotros verlo ahora, este evento puede darnos un mensaje de esperanza, tanto para el presente como para el futuro. Sí, hay esperanza. Hay esperanza para el presente porque creo que el escenario ha sido preparado para un nuevo espíritu en nuestra nación. Una de las cosas que más desesperadamente necesitamos es un renuevo espiritual en este país. Necesitamos un avivamiento espiritual en América. Y Dios nos ha dicho en Su Palabra, vez tras vez, que debemos arrepentirnos de nuestros pecados y volvernos a Él, y Él nos bendecirá de una manera nueva.

    Hay esperanza para el futuro porque Dios lo promete. Como Cristiano, no sólo tengo esperanza para esta vida, sino también para el Cielo y la vida que vendrá. Y muchas de aquellas personas que murieron esta semana pasada están en el Cielo ahora mismo y no querrían volver atrás.

    Esto es tan glorioso y tan maravilloso. Y esa es la esperanza para todos aquellos que ponemos nuestra fe en Dios. Oro para que puedas tener esta esperanza en tu corazón. Este evento nos recuerda la brevedad y lo imprevisible de la vida. Nunca sabemos cuando se nos llamará a la eternidad. Dudo si alguna de esas personas que viajaban en aquellos aviones o caminaban dentro del World Trade Center o en el Pentágono el Martes pasado a la mañana pensaron que ese sería el último día de sus vidas. Ni se les ocurrió. Y esta es la razón por la que cada uno de nosotros necesita enfrentar la necesidad espiritual que tenemos y entregarnos de esta manera a Dios y a Su voluntad ahora mismo.

    Aquí en esta majestuosa Catedral Nacional vemos a nuestro alrededor los símbolos de la Cruz. Para el Cristiano, estoy hablando a los Cristianos ahora, la Cruz nos dice que Dios entiende nuestro pecado y sufrimiento, porque Él los llevó sobre sí mismo en la persona de Jesucristo. Y desde la Cruz, Dios declara: “Te amo. Conozco tus penas, las amarguras y dolores que sientes. Pero te amo”. La historia no termina en la Cruz, porque la Resurrección nos sitúa más allá de la tragedia de la Cruz hacia una tumba vacía que nos dice que hay esperanza de vida eterna, porque Cristo ha conquistado la maldad y la muerte, y el infierno. Sí, hay esperanza.

    Me he convertido en un hombre viejo y he predicado alrededor del mundo, y cuánto más envejezco recalco más aquella esperanza con la que he comenzado hace muchos años atrás y que he proclamado en muchos idiomas en muchas partes del planeta. Muchos años atrás, en el Desayuno Nacional de Oración en Washington, el Embajador Andrew Young (quien ha perdido a su esposa de manera trágica) cerró su disertación citando el antiguo himno “Cuán Firme Fundamento...” Todos miramos horrorizados cómo los aviones irrumpían dentro del acero y el vidrio del World Trade Center.

    Esas majestuosas torres, edificadas en fundamentos sólidos, son ejemplo de la prosperidad y la creatividad de América. Cuando las dañaron, estos edificios se derrumbaron por implosión sobre ellos mismos. A pesar de esto, debajo de los escombros, hay un fundamento que no fue destruido. Allí dentro descansa la verdad de aquel antiguo himno, “Cuán Firme Fundamento...”. Sí, nuestra nación ha sido atacada, los edificios destruidos y las vidas perdidas. Pero ahora tenemos que elegir entre dos opciones: tener una implosión y desintegrarnos emocional y espiritualmente como personas y como nación, o elegir ser más fuertes a través de esta prueba, para reedificar en un fundamento sólido.

    Y yo creo que estamos en el proceso de comenzar a reedificar sobre aquel fundamento. Aquel fundamento es nuestra confianza en Dios. Para eso está este servicio y en aquella fe tendremos nuestra fortaleza para permanecer en medio de una dificultad tan horrenda como la que hemos experimentado esta semana.

    Esta ha sido una semana terrible con muchas lágrimas pero también ha sido una semana de gran fe. Las iglesias a lo largo del país han convocado a reuniones de oración y hoy es un día que todos están dedicando a esto, no solamente en nuestro país sino también en muchas partes del mundo. Y en las palabras de aquel himno tan familiar, “No temas, estoy contigo; Oh no desmayes, Porque Yo soy tu Dios, y te socorreré; Te fortaleceré, te ayudaré y te levantaré, Por mi justa y omnipotente mano”.

    Hoy mi oración es que sintamos los brazos amorosos de Dios alrededor nuestro envolviéndonos, y sepamos en nuestros corazones que Él nunca nos olvidará a medida que confiamos en Él. También sabemos que Dios le dará sabiduría, coraje y fortaleza al Presidente y a los que lo rodean. Y este será el día que nosotros recordaremos como un día de victoria. Que Dios los bendiga.

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