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Discípulos Fieles en el Día Más Oscuro

Discípulos Fieles en el Día Más Oscuro

La oscuridad no cambia el lugar, cambia nuestra capacidad de verImagínese que usted está caminando por un lugar que conoce…

Julio Ruiz

La oscuridad no cambia el lugar, cambia nuestra capacidad de ver

Imagínese que usted está caminando por un lugar que conoce perfectamente y, de repente, se va la luz. Hace apenas unos segundos sabía exactamente dónde estaba, pero cuando todo queda oscuro comienza a caminar más despacio. Extiende las manos, busca algo conocido y cada paso se vuelve más difícil. Lo interesante es que el lugar no cambió; lo que cambió fue su capacidad para verlo. La puerta sigue donde estaba, el camino sigue allí y los objetos permanecen en su lugar. La oscuridad simplemente hace más difícil ver lo que siempre estuvo allí.

Para esta nación, el 11 de septiembre de 2001 fue uno de esos días en los que todo pareció oscurecerse. La mañana comenzó como cualquier otra, con personas que iban al trabajo, familias que se despedían y viajeros que abordaban sus vuelos. En pocas horas, aviones secuestrados impactaron las Torres Gemelas en Nueva York y el Pentágono, mientras otro cayó en un campo de Pensilvania. Miles de personas perdieron la vida y muchas familias quedaron esperando noticias que nunca llegarían. Las imágenes del humo, el fuego y el derrumbe quedaron grabadas en la memoria de toda una generación.

La oscuridad de aquel día no provenía solamente del humo que cubría la ciudad. También se sentía en el temor, el dolor, la incertidumbre y la sensación de vulnerabilidad. Personas que habían comenzado el día con planes normales terminaron preguntándose cómo podría una nación recuperarse de una tragedia tan grande. Fue, sin duda, uno de los días más oscuros en la historia de los Estados Unidos.

Sin embargo, incluso en medio de aquella oscuridad surgieron actos de valentía y servicio. Bomberos, policías, personal médico y ciudadanos comunes corrieron para ayudar a otros. Iglesias abrieron sus puertas, comunidades se reunieron para orar y desconocidos cuidaron unos de otros. Esas acciones no eliminaron el dolor ni explicaron por qué había sucedido la tragedia, pero mostraron que la oscuridad no tenía el poder de destruir toda esperanza, compasión o fidelidad.

Algo parecido sucede en nuestra vida espiritual. Es fácil confiar en Dios cuando podemos reconocer lo que está haciendo. Pero ¿qué sucede cuando oramos y no recibimos la respuesta que esperábamos? ¿Qué hacemos cuando nuestros planes se derrumban, cuando experimentamos una pérdida o cuando parece que Dios guarda silencio? En esos momentos podemos interpretar la oscuridad como abandono, aunque Dios no haya dejado de estar presente ni haya perdido el control.

Lucas 23 nos lleva a uno de los momentos más oscuros de la historia. Jesús ha sido crucificado. El que había sanado enfermos está muerto. El que había levantado a otros de la muerte ahora necesita que alguien baje su cuerpo de una cruz. Muchos discípulos se han dispersado, las multitudes regresan a sus casas y las esperanzas de quienes aguardaban la redención de Israel parecen haber sido sepultadas con Él. Humanamente hablando, todo parece terminado.

Sin embargo, Lucas nos invita a mirar con mayor cuidado. En medio del silencio aparecen José de Arimatea y las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea. Ellos no poseen una explicación completa de lo que ha sucedido. Tampoco pueden ver todavía la resurrección. Aun así, permanecen cerca de Jesús y hacen lo que corresponde. Su conducta revela que la fidelidad no depende de conocer de antemano el desenlace; depende de conocer al Dios en quien hemos confiado.

La sepultura confirma que Jesús murió realmente. Su cuerpo fue entregado, envuelto y colocado en una tumba identificable. No se trata de una muerte simbólica ni de una apariencia. Además, nada de lo ocurrido tomó a Dios por sorpresa. La cruz no fue una interrupción del plan de Dios; fue el medio escogido por Dios para redimir a pecadores. Por eso la pregunta del pasaje no es solamente qué ocurrió con el cuerpo de Jesús. Lucas también nos pregunta cómo responde un discípulo cuando parece que todo se ha oscurecido. La respuesta aparece en tres escenas: José permanece firme frente al rechazo de la mayoría, se identifica públicamente con Cristo y las mujeres continúan obedeciendo, aunque no comprenden lo que Dios está haciendo.

I. El Discípulo Fiel Permanece Firme, Aunque Otros Rechazan a Jesús. Lucas 23:50-51

“Había un varón llamado José, de Arimatea, ciudad de Judea, el cual era miembro del concilio, varón bueno y justo. 51 Este, que también esperaba el reino de Dios, y no había consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos,” Lucas 23:50-51, RVR1960

José de Arimatea era un hombre respetado y miembro del concilio judío. Aunque pertenecía al grupo que participó en el proceso contra Jesús, Lucas aclara que él no estuvo de acuerdo con su decisión ni con sus acciones. José escuchó los argumentos, observó la presión de la mayoría y comprendió el costo de oponerse; sin embargo, no permitió que el grupo controlara su conciencia. Lucas lo describe como un hombre bueno y justo. Esto no significa que José fuera perfecto, sino que su vida estaba orientada hacia Dios. Su carácter se manifestó en decisiones concretas: rechazó una condena injusta y trató con dignidad el cuerpo de Jesús. La verdadera fidelidad no se limita a sentimientos privados; se demuestra cuando obedecer a Dios tiene un costo.

Lucas también declara que José “esperaba el reino de Dios”. Su esperanza estaba puesta en el cumplimiento de las promesas divinas. Aunque no comprendía cómo podía establecerse el reino si Jesús había muerto, continuó confiando en Dios. Todavía no sabía que el camino hacia la corona pasaría por la cruz y que Cristo vencería al pecado mediante su muerte y resurrección. Esta esperanza le permitió resistir la presión del concilio. Cuando vivimos únicamente para proteger nuestra posición, reputación o relaciones, la opinión de las personas termina gobernándonos. Pero cuando esperamos el reino de Dios, aprendemos a evaluar el presente a la luz de las promesas eternas. José comprendió que la aprobación de Dios era más importante que el reconocimiento temporal de los hombres.

Romanos 12:2 enseña: “No os conforméis a este siglo.” El discípulo de Cristo no permite que la cultura, la mayoría o el temor determinen sus convicciones. Su pregunta principal no es: “¿Qué piensa la gente?”, sino: “¿Qué ha dicho Dios?” Esto no significa que el creyente deba ser conflictivo. Podemos expresar nuestras convicciones con humildad, amor y respeto. Sin embargo, cuando la verdad de Dios está en juego, no debemos sacrificar nuestra conciencia para conservar la comodidad o la aceptación.

Probablemente nunca tendremos que disentir ante un concilio, pero diariamente enfrentamos decisiones que revelan nuestra lealtad. Puede suceder cuando una conversación deshonra a otra persona, cuando una práctica laboral exige deshonestidad, cuando una relación nos presiona a ignorar la voluntad de Dios o cuando una enseñanza popular contradice las Escrituras. En esos momentos, la fidelidad puede significar no participar, hablar respetuosamente o negarnos a aprobar lo incorrecto. El temor a las personas puede desviar nuestra conciencia como un imán desvía la aguja de una brújula. La Palabra de Dios vuelve a orientarnos hacia el norte verdadero. Por eso debemos preguntarnos si hemos llamado prudencia a lo que realmente es temor o si nuestra conducta cambia dependiendo de quién esté presente.

Nuestra firmeza no depende de una personalidad fuerte, sino de la gracia de Dios. Pedro negó a Jesús, pero Cristo lo perdonó y restauró. De igual manera, Dios puede perdonar nuestra cobardía y fortalecer nuestra fe. José permaneció firme interiormente, pero llegó el momento de actuar: tuvo que presentarse ante Pilato y hacer visible su relación con Jesús. La fidelidad que resiste la presión también debe estar dispuesta a actuar.

II. El Discípulo Fiel se Identifica con Jesús Aun Cuando Tiene Algo que Perder. Lucas 23:52–54

“52 fue a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús. 53 Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie. 54 Era día de la preparación, y estaba para comenzar el día de reposo.[a]” Lucas 23:52-54, RVR1960

José de Arimatea tomó una decisión valiente al presentarse ante Pilato para pedir el cuerpo de Jesús. Al hacerlo, vinculó públicamente su nombre con el de un hombre que había sido ejecutado tras una condena romana. José arriesgó su reputación, su posición en el concilio y sus relaciones con otros líderes. Sin embargo, decidió que honrar a Cristo era más importante que proteger su imagen. Marcos señala que José entró “osadamente” ante Pilato. La valentía bíblica no significa vivir sin temor, sino obedecer a Dios a pesar del temor. Juan explica que José había sido discípulo de Jesús en secreto porque temía a los líderes judíos. No obstante, la cruz lo llevó a tomar una decisión: el discípulo secreto salió de las sombras cuando identificarse con Jesús podía costarle más.

Jesús declaró: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23). Seguir a Cristo no consiste en añadir un poco de religión a una vida que continuamos controlando. Significa reconocer a Jesús como Señor y someter nuestra vida a su autoridad. El costo del discipulado puede manifestarse de diferentes maneras: confesar nuestra fe ante una familia hostil, abandonar una práctica deshonesta, pedir perdón, terminar una relación pecaminosa o servir sin recibir reconocimiento. Estos sacrificios no compran la salvación. Somos salvos por gracia mediante la fe, no por nuestras obras. Sin embargo, las buenas obras demuestran que nuestra fe está viva y que Cristo ha llegado a ser más valioso que aquello que podríamos perder.

José no se limitó a expresar respeto por Jesús. Utilizó sus manos, tiempo, influencia y recursos. Descendió el cuerpo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro nuevo que le pertenecía. Según los otros Evangelios, Nicodemo también participó llevando especias para la sepultura. Dos hombres que antes se acercaban con cautela ahora servían públicamente a Cristo. José no podía deshacer la injusticia de la crucifixión, pero podía tratar el cuerpo de Jesús con dignidad. Tampoco podía resolver toda la situación, pero reconoció lo que estaba en sus manos y actuó. Su ejemplo nos recuerda que todo lo que poseemos —nuestro tiempo, hogar, dinero, habilidades e influencia— ha sido confiado por Dios. La pregunta no es solamente cuánto debemos entregar, sino cómo podemos utilizar lo recibido para honrar a Cristo y servir a los demás.

La sepultura confirma que Jesús murió verdaderamente. José manipuló el cuerpo, lo envolvió y lo depositó en una tumba, mientras las mujeres observaban el lugar. Cristo no sobrevivió a la cruz; murió y fue sepultado. Su muerte fue necesaria porque cargó el juicio que correspondía a los pecadores. Después, su resurrección corporal demostraría su victoria real sobre el pecado y la muerte. Además, la sepultura cumplió la profecía de Isaías 53:9: Jesús murió entre criminales, pero fue sepultado en la tumba de un hombre rico. José actuó libremente y Pilato concedió su petición, pero Dios estaba dirigiendo cada detalle. La cruz demuestra que Dios puede utilizar incluso el acontecimiento más injusto para cumplir su propósito de salvación.

El ejemplo de José nos invita a examinar si nuestra fe permanece escondida por temor a lo que otros puedan pensar. Nuestra respuesta no debe ser una exhibición artificial de espiritualidad, sino una vida íntegra cuyas palabras y acciones confiesen a Cristo. Quizás no podamos resolver completamente una necesidad, pero podemos acompañar, dar, visitar, llamar, enseñar o abrir una puerta. José no podía cambiar lo ocurrido aquel viernes, pero podía ofrecer una tumba. La fidelidad no siempre se mide por el tamaño de nuestra acción, sino por la obediencia con la que utilizamos lo que Dios ya puso en nuestras manos.

III. El Discípulo Fiel Continúa Obedeciendo, Aunque No Comprenda el Plan de Dios. Lucas 23:55–56

“Y las mujeres que habían venido con él desde Galilea, siguieron también, y vieron el sepulcro, y cómo fue puesto su cuerpo 56 Y vueltas, prepararon especias aromáticas y ungüentos; y descansaron el día de reposo,[b] conforme al mandamiento.” Lucas 23:55-56, RVR1960

Las mujeres que habían acompañado a Jesús desde Galilea permanecieron cerca durante sus momentos más difíciles. Habían escuchado sus enseñanzas, recibido su cuidado y apoyado su ministerio. Cuando otros se dispersaron, ellas observaron la crucifixión y siguieron a José hasta el sepulcro. Vieron dónde fue colocado el cuerpo de Jesús, por lo que después regresarían al lugar correcto. Su testimonio conecta la muerte, la sepultura y el descubrimiento de la tumba vacía. Aunque en el mundo antiguo el testimonio de las mujeres no siempre recibía el mismo valor social que el de los hombres, Dios quiso que ellas ocuparan un lugar central en la historia de la resurrección. Su ejemplo demuestra que el Señor ve y honra la fidelidad de personas que la sociedad puede ignorar.

Las mujeres siguieron, observaron, regresaron, prepararon y descansaron. El dolor no las paralizó por completo. No podían cambiar lo sucedido ni devolverle la vida a Jesús, pero sí podían preparar las especias para honrar su cuerpo. Cuando comenzó el día de reposo, interrumpieron su trabajo y descansaron conforme al mandamiento. Incluso en medio de la confusión, continuaron ordenando su vida según la Palabra de Dios. Su obediencia no significa que fueran indiferentes al dolor. La fe bíblica no exige que ocultemos nuestras lágrimas o finjamos que todo está bien. Podemos lamentarnos, presentar nuestras preguntas delante de Dios y, al mismo tiempo, continuar obedeciendo lo que Él ya nos ha revelado.

Muchas veces deseamos comprender antes de obedecer. Queremos que Dios explique cada demora, revele el resultado final y confirme que nuestra fidelidad producirá el efecto esperado. Sin embargo, la obediencia cristiana se fundamenta en el carácter de Dios. Obedecemos porque Él es Santo, Sabio y Bueno, aun cuando no comprendemos sus caminos. Abraham salió sin saber adónde iba, Job confió sin recibir todas las respuestas y Habacuc decidió alegrarse en Dios aunque los campos no produjeran alimento. Nosotros sabemos que después de Lucas 23 viene la resurrección de Lucas 24, pero las mujeres todavía estaban viviendo entre el viernes de la crucifixión y el domingo de la victoria. Para ellas solo había una tumba cerrada, una tarea inconclusa y un tiempo de espera.

Algunas temporadas de nuestra vida se parecen a aquel sábado. Oramos y no vemos cambios; buscamos dirección y las puertas permanecen cerradas; obedecemos, pero el fruto tarda en aparecer. Sin embargo, el silencio de Dios no significa su ausencia. Mientras las mujeres descansaban, el plan de redención continuaba avanzando. Esperar con fe no significa permanecer pasivos. La espera cristiana ora, sirve, perdona, trabaja y obedece. También busca el apoyo de la comunidad, porque las mujeres atravesaron el dolor juntas. Quizás hoy no necesitamos una nueva explicación, sino obedecer claramente lo que Dios ya ha dicho. La fidelidad madura puede llorar, esperar y obedecer al mismo tiempo. Dios ya había preparado el domingo mientras ellas todavía lloraban el viernes.

Conclusión

Lucas 23 termina en silencio. Jesús está en una tumba. José ha completado su tarea. Las mujeres regresan y comienza el día de reposo. Si el Evangelio terminara aquí, tendríamos una tragedia: un Maestro muerto, discípulos confundidos y una tumba cerrada. Pero la historia no termina en el capítulo 23. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Lucas 24:5 al 6 RVR1960 El día más oscuro no fue el último día. La tumba que confirmó la muerte de Jesús se convirtió en el lugar donde se anunció su victoria. La resurrección no borró la cruz; declaró que el sacrificio fue aceptado, que el pecado había sido enfrentado y que la muerte no pudo retener al Hijo de Dios.

Esta es la base de nuestra esperanza. Jesús no murió porque su misión fracasó. Murió como sustituto de pecadores. Isaías 53:5 dice que fue herido por nuestras rebeliones y molido por nuestros pecados. El inocente ocupó el lugar de los culpables. La justicia de Dios fue satisfecha y el amor de Dios fue manifestado en el mismo acontecimiento. Jesús tomó el juicio que merecíamos, fue sepultado y resucitó. Por eso hay perdón, reconciliación y vida eterna para todo aquel que se arrepiente y deposita su confianza en Él.

Quizás alguien ha conocido datos acerca de Jesús durante años, pero continúa siguiéndolo desde lejos. José tuvo que salir de las sombras e identificarse con Cristo. Hoy la invitación del evangelio es clara: arrepiéntete de tus pecados, deja de confiar en tus propios méritos y descansa en la obra completa de Jesucristo. El que murió y fue sepultado vive y salva a quienes vienen a Él.

Para quienes ya hemos creído, el pasaje deja un llamado directo. Cuando otros rechacen a Cristo, permanezcamos firmes. Cuando seguirlo tenga un costo, identifiquémonos con Él. Cuando no comprendamos lo que Dios está haciendo, continuemos obedeciendo. José no veía la resurrección cuando pidió el cuerpo. Las mujeres no la veían cuando preparaban las especias. Su fidelidad se desarrolló sin conocer el final inmediato. Nosotros tampoco conocemos cada detalle de nuestra historia, pero conocemos el final de la historia de Cristo. Cuando llegue el día más oscuro, recordemos que las circunstancias no cambian el carácter de Dios. Su Palabra continúa siendo verdad. Su gracia continúa siendo suficiente. Su reino continúa avanzando. Y la tumba no tuvo la última palabra. Jesucristo vive.


Aflicciones | Semana Santa | Muerte y Resurreccion de Cristo
Julio Ruiz

Julio Ruiz

El pastor Julio Ruiz nació en Porgueda, Venezuela. Casado con Carmen Almera de donde vienen tres hijas y ahora una nieta. Es egresado del seminario Teologico Bautista con el grado de Licenciado en Teologia.

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