El libro de Lamentaciones es un clamor desgarrador, tradicionalmente atribuido al profeta Jeremías mientras contemplaba las ruinas de Jerusalén.
Sin embargo, a lo largo de la historia de la iglesia, los expositores han visto en estas palabras un retrato profético de Aquel que vendría a llevar el mayor de los sufrimientos. Pensemos en estas palabras como procedentes del rechazado Hijo de Dios, colgado en el madero del Calvario, llevando sobre sí el peso del pecado del mundo.
1. Una terrible confesión
«Ve mi abatimiento» (cp. v. 11, RV). Es una confesión terrible porque viene de labios de quien no conocía pecado. Piensa en quién Él es: el Verbo eterno, el Creador de los cielos y la tierra, el Rey de reyes y Señor de señores. Aquel que sostiene todas las cosas con la palabra de su poder (Colosenses 1:16-17). Y ahora piensa en por qué fue abatido.
No fue por su propia culpa, sino por nuestra rebelión. Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2:7-8).
El que viste de gloria a las estrellas, fue despojado de sus vestiduras; el que es la fuente de agua viva, clamó: «Tengo sed».
2. Un llamamiento apremiante a Dios
«Mira, oh Jehová, y ve». En medio de su agonía, el Hijo se dirige al Padre. Es un ruego desesperado que resuena con fuerza en el Getsemaní y en la cruz. Ve quién yo soy; «Tu Hijo», el Amado, en quien tienes complacencia.
Considera a quién estás mirando en este estado de humillación, y considera por quiénes he quedado yo abatido. El apóstol Pablo nos revela la profundidad de este misterio: Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (Gálatas 3:13).
El Padre, en su justicia perfecta, tuvo que volver su rostro, pero el clamor del Hijo nos muestra la inmensidad de lo que estaba ocurriendo en la esfera espiritual.
3. Un llamamiento patético a los hombres
"Cuantos pasáis por el camino: Mirad y ved si hay un dolor como el dolor que me aflige". Aquí el Salvador se dirige a nosotros, a la humanidad que transita indiferente por el camino de la vida. Nos invita a detenernos y contemplar la cruz.
Ningún dolor tan profundo: fue una agonía física indescriptible, pero sobre todo, una agonía espiritual al separarse de la comunión con el Padre. Ningún dolor tan inmerecido: Él no hizo maldad, ni hubo engaño en su boca, mas herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados (Isaías 53:5).
Ningún dolor tan eficaz: aquel sufrimiento no fue en vano; a través de ese dolor, el velo del templo se rasgó de arriba abajo, y se abrió el camino para nuestra reconciliación con Dios.
4. Un dolorido llamamiento
"¿No os conmueve?" Esta es la pregunta central que rompe la cuarta pared y penetra en lo más profundo de nuestro ser. ¿Cómo podemos pasar por alto un amor tan grande? ¿Cómo podemos escuchar del sacrificio del Calvario y permanecer indiferentes?
El profeta Zacarías anticipó este momento de revelación: "Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito" (Zacarías 12:10).
El sufrimiento de Cristo no debe ser solo un hecho histórico o una doctrina teológica fría, sino un motor que mueva las fibras más sensibles de nuestra alma hacia el arrepentimiento, la gratitud y el amor.
¿No os conmueve? Que la respuesta de nuestro corazón sea postrarnos a sus pies y decir: Gracias, Señor, por tan grande salvación.