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ILUSTRACIONES PARA PREDICAR
IGLESIA

La Catedral y el Zapatero

TÓPICOS: Iglesia

Una noche, Anselmo tuvo un sueño. Vio una escalera que subía al cielo, y en cada peldaño había un nombre. Los primeros peldaños tenían los nombres de los grandes teólogos, los mártires, los santos.

En una gran ciudad europea, había una catedral imponente, con siglos de historia, vitrales famosos y un órgano monumental. Cada domingo, cientos de personas llenaban sus bancas. El obispo era un hombre culto y respetado, cuyos sermones eran publicados en libros. La catedral era el orgullo de la ciudad, un monumento a la gloria de Dios.

A pocas cuadras de distancia, en un callejón estrecho, vivía un zapatero llamado Anselmo. Era un hombre humilde, casi invisible. No iba a la catedral porque trabajaba los domingos. Pero cada mañana, antes de abrir su taller, se arrodillaba en el suelo de su pequeño cuarto y oraba durante una hora. Oraba por su familia, por sus vecinos, por los enfermos, por los pobres, por los que no conocían a Dios. Su vida era una oración silenciosa.

Un día, el obispo enfermó gravemente. Los médicos dijeron que no había esperanza. La ciudad entera oró por él. Se hicieron vigilias en la catedral, se celebraron misas, se encendieron velas. Pero nada. El obispo empeoraba.

Una noche, Anselmo tuvo un sueño. Vio una escalera que subía al cielo, y en cada peldaño había un nombre. Los primeros peldaños tenían los nombres de los grandes teólogos, los mártires, los santos. Pero al final de la escalera, en el último peldaño, antes de la puerta del cielo, estaba su propio nombre. Y una voz le dijo: "Las oraciones más poderosas no son las que se hacen en público, sino las que se hacen en secreto. Tú sostienes a muchos que ni siquiera te conocen".

Anselmo despertó llorando. No entendía el sueño, pero siguió orando. Días después, el obispo sanó inexplicablemente. Los médicos no pudieron explicarlo. El obispo, al recuperarse, quiso saber quién había orado por él. Investigó, preguntó, buscó. Y descubrió que, durante todos esos días, un zapatero desconocido había estado orando cada mañana en un callejón, sin que nadie lo supiera.

El obispo fue a visitarlo. Entró en el taller humilde y encontró a Anselmo trabajando.

—He venido a agradecerte —dijo el obispo—. Dios te usó para salvarme.

Anselmo sonrió.

—No fui yo, señor. Fue la iglesia.

—¿La iglesia? —preguntó el obispo, confundido—. ¿Acaso vienes a la catedral?

—No, señor. Pero la iglesia no es un edificio. La iglesia somos todos los que oramos, los que creemos, los que amamos. Yo soy una parte pequeña, casi invisible. Pero soy parte. Y cuando una parte ora, todo el cuerpo se beneficia.

El obispo comprendió. La catedral era hermosa, pero la iglesia verdadera estaba en el callejón, en el taller, en las manos callosas de un zapatero que oraba en secreto. La iglesia no es un monumento, sino un cuerpo. Y cada miembro, por pequeño que sea, es esencial.

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Tú sostienes a muchos que ni siquiera te conocen
"

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