—No somos de un bando ni de otro —decía el pastor Daniel—. Somos de Cristo. Y Cristo nos llama a amar a todos, incluso a nuestros enemigos.
Los soldados llegaron al pueblo y exigieron que la iglesia les diera refugio y alimento. La iglesia los recibió. Días después, llegaron los rebeldes y exigieron lo mismo. La iglesia también los recibió. Los miembros de la iglesia cocinaban para ambos bandos, curaban a los heridos de ambos bandos, oraban por ambos bandos. Muchos los acusaron de traición. Otros los llamaron cobardes.
Una noche, soldados del gobierno irrumpieron en la iglesia y encontraron a un rebelde herido al que la iglesia estaba cuidando. Lo sacaron a rastras para ejecutarlo. El pastor Daniel se interpuso.
—No pueden llevárselo —dijo—. Está bajo nuestro techo. Es nuestro hermano.
—Es nuestro enemigo —respondió el soldado.
—Para nosotros no hay enemigos —dijo el pastor—. Solo hijos de Dios.
El soldado apuntó su arma al pastor.
—Apártate o morirás con él.
El pastor Daniel no se movió. Los miembros de la iglesia se pusieron a su lado. Los ancianos, las mujeres, los niños. Todos formaron un muro humano alrededor del rebelde herido.
El soldado, desconcertado, bajó el arma.
—¿Por qué hacen esto? —preguntó—. Este hombre ha matado a los nuestros.
—Porque Cristo murió por nosotros cuando éramos sus enemigos —respondió el pastor—. Y nos llamó a hacer lo mismo. No podemos detener la guerra con más guerra. Solo podemos detenerla con amor.
El soldado se marchó. El rebelde herido sanó. Y algo extraño ocurrió: la noticia se corrió por ambos bandos. "Hay una iglesia en Kibera que no mata, que no odia, que sirve a todos". Poco a poco, soldados y rebeldes comenzaron a llegar a la iglesia, no para esconderse, sino para escuchar. Para orar. Para confesar. Para pedir perdón.
La guerra no terminó por un tratado político, sino por una iglesia que se negó a odiar. La iglesia de Kibera no tenía ejército, ni dinero, ni poder. Pero tenía algo más fuerte: el amor de Cristo, que se hizo visible en manos que servían, en mesas que se compartían, en cuerpos que se interponían entre la violencia y la vida.
El pastor Daniel murió años después, en paz. Su iglesia sigue en pie. Y hasta el día de hoy, en Kibera, cuando alguien pregunta qué es la iglesia, los ancianos responden: "La iglesia es el lugar donde el enemigo se vuelve hermano, y donde el amor vence al odio. No porque seamos buenos, sino porque Cristo es fiel".