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ILUSTRACIONES PARA PREDICAR
GRATITUD

El Pan de la Viuda

TÓPICOS: Gratitud

Una noche de invierno, una tormenta de nieve azotó el pueblo. Los caminos se cerraron, y la harina escaseó. Doña Rosa vio con angustia cómo su última bolsa se vaciaba.

En un pequeño pueblo de los Andes vivía doña Rosa, una viuda que había perdido a su esposo en un accidente minero. Se quedó sola con tres hijos y una pequeña panadería que apenas daba para comer. Cada mañana, antes del amanecer, encendía el horno de leña y amasaba el pan con sus propias manos. No le sobraba nada, pero nunca dejaba de dar gracias.

Su rutina era siempre la misma: al sacar el primer pan del horno, lo partía en cuatro. Tres partes para sus hijos, y una cuarta que dejaba en una canasta junto a la puerta, con un cartel que decía: "Para quien lo necesite más que yo". Muchos le decían que estaba loca. ¿Cómo podía regalar lo poco que tenía?

—La gratitud no es dar lo que sobra —respondía doña Rosa—. Es reconocer que todo lo que tengo es un regalo. Y si puedo compartirlo, lo hago.

Una noche de invierno, una tormenta de nieve azotó el pueblo. Los caminos se cerraron, y la harina escaseó. Doña Rosa vio con angustia cómo su última bolsa se vaciaba. Al día siguiente, solo pudo hornear un pan pequeño. Lo partió en cuatro, como siempre, y dejó la cuarta parte en la canasta. Sus hijos protestaron.

—Mamá, hoy no tenemos suficiente ni para nosotros.

—Confía —dijo ella—. Dios provee.

Esa tarde, alguien golpeó la puerta. Era un anciano desconocido, cubierto de nieve, con un morral al hombro.

—Vi la canasta —dijo—. Vine a devolver lo que un día recibí.

Abrió el morral y sacó tres bolsas de harina. Explicó que años atrás, cuando era un viajero hambriento, había tomado un pan de aquella misma canasta. Aquel gesto le había salvado la vida y le había enseñado el valor de la gratitud. Desde entonces, había recorrido los pueblos repartiendo harina a los panaderos que compartían su pan.

Doña Rosa lloró. No por la harina, sino porque comprendió que su gratitud, sembrada en silencio durante años, había germinado en tierras que nunca imaginó. El pan que ella daba con un corazón agradecido había alimentado a alguien que, a su vez, alimentaría a muchos más. La gratitud, como el pan, nunca se agota cuando se comparte.

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