La inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser ciencia ficción para convertirse en una realidad cotidiana. Desde asistentes virtuales hasta generadores de imágenes, la IA está transformando cada aspecto de la vida moderna.
La inteligencia artificial ya no pertenece al terreno de la especulación.
Está en los teléfonos, en los hospitales, en las aulas y, cada vez más, en la vida interna de las iglesias. Para el cristianismo, esto no es simplemente un desafío técnico o económico. Es una pregunta teológica de fondo: ¿qué nos hace humanos si una máquina puede escribir, aconsejar, e incluso simular compañía espiritual?
El debate cristiano sobre la IA no es monolítico.
Conviven en él la cautela institucional del Vaticano, la preocupación pastoral por la agencia moral, las advertencias proféticas sobre la idolatría y, en los márgenes, lecturas apocalípticas que ven en la tecnología un signo de los tiempos finales. Este artículo recorre ese espectro, desde los consensos mínimos hasta las tensiones más agudas.
El principio común: la IA es creatura, no Creador
Más allá de las diferencias, hay una convicción que atraviesa a las principales tradiciones cristianas: la IA es una obra humana, no divina. No tiene alma, no recibe revelación, no puede sustituir a Dios.
El documento vaticano Antiqua et Nova lo formula con claridad: la IA debe entenderse como herramienta complementaria, no como persona ni como sustituto de las relaciones humanas. La Iglesia católica insiste en que ninguna máquina puede ser divinizada.
Desde la tradición mormona, el élder Gerrit W. Gong ha sido igual de directo: “Dios es Dios. La IA no lo es y no puede serlo” . En un discurso pronunciado en el Vaticano en 2025, Gong añadió que la IA “no puede generar revelación ni verdad de Dios” y advirtió contra la “charla frívola” sobre una IA “parecida a Dios” . La creatura puede crear herramientas; la herramienta no puede crear al Creador.
Preocupaciones éticas compartidas
Cuando el foco se desplaza de la teología a la ética práctica, las coincidencias se multiplican.
Dignidad humana. La preocupación vaticana es explícita: la Comisión Interdicasterial sobre Inteligencia Artificial, aprobada por León XIV en mayo de 2026, fue creada considerando “la preocupación de la Iglesia por la dignidad de todo ser humano, especialmente en relación con su desarrollo integral” . La dignidad no es un adorno retórico: es el criterio desde el cual se evalúa cualquier tecnología.
Concentración de poder. Gong advirtió en Roma que la competencia por concentrar información, capital y tecnología en “formas sin precedentes” genera un interés vital en exigir una IA segura y ética. “Es crítico que todos ayudemos a establecer los límites y definir la brújula moral de la IA”, dijo .
Pérdida de agencia moral. Este es quizás el punto más incisivo. La tradición mormona enseña que la agencia —la capacidad de elegir y crecer espiritualmente mediante decisiones propias— es central en el plan de Dios. Gong ha advertido que la dependencia innecesaria de la IA y las redes sociales puede dañar la autoestima y la comprensión de quién es uno realmente . La pregunta no es solo qué hace la IA, sino qué deja de hacer el humano cuando delega demasiado.
Sesgos y verdad. Gong también ha señalado que los programas de IA devuelven con frecuencia información incompleta o inexacta sobre creencias religiosas, y ha pedido “precisión no discriminatoria y representación respetuosa” de las tradiciones de fe .
Las instituciones religiosas no solo opinan sobre la IA: están empezando a gobernarla internamente.
El Vaticano creó en mayo de 2026 una Comisión Interdicasterial que reúne a siete organismos —desde Doctrina de la Fe hasta las academias pontificias de Ciencias y Ciencias Sociales— para coordinar información sobre proyectos de IA y, significativamente, definir políticas sobre su uso dentro de la Santa Sede . La coordinación recae por ahora en el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. No es un gesto simbólico: es una estructura de gobernanza.
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ha ido más lejos en reglas concretas para sus miembros. Gong ha descrito protocolos para evitar el mal uso intencional de la IA, como los deepfakes, y para advertir contra la sobredependencia de la IA como compañía, guía de vida o apoyo emocional . La iglesia también advierte contra “antropomorfizar la IA” y contra permitir que se convierta en un “sustituto de algo que no es, como una fuente divina de inspiración”.
Algunos pastores han creado versiones digitales de sí mismos para responder preguntas de fieles cuando no están disponibles, con salvaguardas para derivar los casos graves a una persona real. Otros advierten que estas herramientas, por convenientes que sean, corren el riesgo de ofrecer “consuelo sin convicción”.
Voces proféticas y apocalípticas
En el extremo más alarmista del espectro, la IA no es solo un desafío ético: es un actor escatológico.
Ben Peterson, veterano militar y líder ministerial en Estados Unidos, sostiene que la IA podría ser “la herramienta del gran engaño” que Jesús advierte en Mateo 24. Su argumento combina observación empírica y lectura bíblica: una encuesta de Barna encontró que el 39% de la Generación Z considera que el consejo espiritual de una IA es tan confiable como el de un pastor. Para Peterson, esto es exactamente el tipo de seducción que prepara el terreno para la decepción masiva .
Peterson también recurre a Babel: la IA sería una “recreación de la Torre de Babel, donde nada es imposible”, construida por quienes no siguen a Cristo . No es una postura oficial de ninguna denominación mayoritaria, pero circula con fuerza en ciertos círculos evangélicos estadounidenses y alimenta una desconfianza visceral hacia la tecnología.
¿Bautizar la IA con valores morales?
El desafío cristiano frente a la IA no es rechazarla ni adorarla. Es habitarla con criterio moral.
La frase del élder Gong que inspira este cierre lo resume con precisión: la IA no alcanzará su pleno potencial hasta que la hagamos “tan buena moralmente como poderosa” . Esa formulación contiene una intuición teológica profunda: la tecnología no es neutra, pero tampoco es demoníaca. Es un espacio de responsabilidad humana.
Las iglesias que están creando comisiones, manuales y protocolos no lo hacen por miedo, sino por mayordomía. Entienden que la fe no consiste en huir del mundo, sino en discernir cómo habitarlo.