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Conocer, pedir y hacer

Las promesas del Señor concernientes al Espíritu se agrupan en torno al conocimiento, oración y servicio. En aquel día "conocereis", "pediréis", "haréis". Certeza, oración y trabajo. Certeza en el conocimiento, seguridad en la oración y poder en el scrvicio.

La plenitud del Espíritu trae consigo la certeza de la revelación al alma. Los hombres de Pentecostés conocian profundamente las cosas de Dios. Ninguna instrucción o estudios teoiogicos pudieron haberle dado a Pedro ia doctrina que predicó con respecto a Ia vida, muerte y resurrección dc Cristo. En aquel día "conoceréis", les dijo el Señor Jesus; y cuando aquel dia llegó, conocieron de veras, y supieron las cosas que Jesús les había dicho que sabrían. Conocieron la relación esencial entre Cristo y Dios.

El misterio al respecto sobrepasa toda investigación, pero cuando el EspIritu del Señor se poso sobre cada uno de ellos llegaron a conocerlo. Conocieron, también, Ia misteriosa unión del creyente con Cristo, y que nosotros estamos en Cristo, así como el Hijo está en el Padre. No hay palabras humanas que puedan explicarlo, pero en el conocimiento de ellos no hubo incertidumbre. El secreto se revela al corazón, y nadie puede verlo sino el alma que lo recibe. También supieron que Cristo está en el creyente, así como que El y el Padre son Uno. No hay palabras

en Ia Biblia tan profundas como estas nueve breves palabras: ". . . tú, oh Padre, en mí, y yo en ti..>> (Juan 17:21); pero el don de Pentecostés revela su misterio y establece una total seguridad al respecto. El creyente lleno del Espíritu tiene un conocimiento profundo y verdadero. Es un conocimiento que no depende de su capacidad intelectual, su educación académica o su experiencia; y el secreto de su poder radica precisamente en esa seguridad.

El creyente lleno del Espíritu posee un conocimiento que no proviene de carne o sangre, sino del Espiritu, quien conoce las cosas profundas de Dios, puesto que El rnismo es Dios; y el Espíritu no sólo revela las cosas profundas de Dios, sino que también da la iluminación necesaria para todas las cosas prácticas de la vida. Todas las interrogantes y todas las preguntas encuentran en El respuesta. Los creyentes llenos del Espíritu no permanecen en la duda o la incertidumbre.

El Espiritu de Dios trae consigo una luz penetrante, de acuerdo con las palabras de 1•a Juan 2:27: "Y en cuanto a vosotros, la unción que recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; sino que así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, así también, según ella os ha enseñado, permaneced en él."

La bendición de Pentecostés hace que el creyente sea poderoso en la oración: "En aquel día pediréis en mi nombre..."; "..para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé". La oración eficaz sin el Espiritu Santo es imposibie. "Y de igual manera, también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es Ia mentalidad del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos" (Roma nos 8:26-27). Hay dos clases de oración.

Antes dc Pentecostés oramos "en el Espíritu"; después de Pentecostés el EspIritu ora a través nuestro. Nadie sino el Espíritu de Dios conoce la clase de oración de la cual habla el pasaje de Romanos 8 que hemos citado anteriormente. Es Ia clase de oración que Ilevó a cabo milagros maravillosos, los cuales figuran en el libro de los Hechos.

Es Ia oración en el nombre de Cristo, que ora en Su voluntad, presenta Sus prornesas y confía en Su poder. La oración hace que Pentecostés llegue a nosotros, y Pentecostés hace que la oración sea omnipotente con respecto a toda la voluntad de Dios. El Espíritu instruye e inspira la oración, da inteligencia e intensidad a la intercesión, y trae realismo y gozo en la comunión con Dios. El creyente lleno del Espíritu ama la oración, y la oración hecha en el Espiritu es la que prevalece.

La experiencia de Pentecostés va siempre asociada al poder. La promesa final de nuestro Señor fue:

"...pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espiritu Santo..." El Espíritu de Dios es el Espíritu de poder. En Ia Escritura aparece siempre asociado con el poder del Dios omnipotente. En el An tiguo Testamento obmó poderosarnente, aunque aün <<no habia sido dado" corno en Pentecostés.

En el Nuevo Testamento El es el máximo Don de poder. La medida de nuestro poder radica en Ia energía del Espíritu de Dios obrando en nosotros y a través de nosotros. Toda la plenitud de nuestra vida, todos los recursos de nuestra vitalidad, toda certeza y seguridad, toda la victoria sobre la carne y el pecado, todo el poder en Ia oración y la certeza de Ia gloria eterna, se debe a la Presencia y el poder del Espíritu Santo que mora en nosotros.

 

 

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