Pero cada año, el día de su cumpleaños, recibía una carta. Siempre la misma letra, siempre el mismo remitente: "Su alumno, Jacinto". Don Emilio no recordaba bien a Jacinto. Había tenido tantos alumnos... Pero la carta decía lo mismo cada año:
"Maestro, gracias por enseñarme a leer. Gracias por no burlarse cuando me equivocaba. Gracias por quedarse después de clase a explicarme las matemáticas. Gracias por creer en mí cuando nadie más lo hacía. Sin usted, yo no sería quien soy."
Don Emilio guardaba todas las cartas en una caja de zapatos. Con el tiempo, se volvieron su mayor tesoro. Cuando se sentía solo o inútil, las releía y recordaba que su vida había tenido sentido.
Un día, a los ochenta y cinco años, Don Emilio enfermó gravemente. Los médicos dijeron que no le quedaba mucho tiempo. Su familia lo rodeó, pero él seguía mirando la puerta, esperando algo. El día de su cumpleaños llegó, y con él, la carta de Jacinto. Esta vez, sin embargo, no venía por correo. Un hombre mayor, de traje y corbata, entró en la habitación con la carta en la mano.
—Maestro —dijo, con los ojos llenos de lágrimas—, soy Jacinto. El niño pobre que no tenía zapatos. El que usted ayudó a estudiar. Hoy soy ingeniero, tengo una familia, y todo se lo debo a usted. He escrito esta carta cada año durante cuarenta años, pero nunca me atreví a venir. Hoy vengo a agradecerle en persona.
Don Emilio tomó su mano y sonrió.
—Nunca supe si mis cartas llegaban —dijo Jacinto—. Nunca supe si las leía.
—Las leí todas —susurró Don Emilio—. Cada una me dio un año más de vida.
El maestro murió en paz esa noche, sosteniendo la mano de su alumno. La gratitud de un solo niño, expresada en una sola carta repetida durante cuarenta años, había sostenido a un hombre que creía haber sido olvidado. El poder de la gratitud no está en la grandeza del gesto, sino en la constancia del corazón agradecido.