Sus amigos intentaron consolarla con versículos: "Dios tiene un propósito", "Todo obra para bien", "Él está contigo". Cada frase era como un cuchillo. ¿Qué propósito? ¿Qué bien? ¿Dónde estaba Dios cuando su hijo cruzaba la calle?
Marta dejó de ir a la iglesia. Dejó de orar. Dejó de creer. Se encerró en su casa, en su dolor, en su incredulidad. Su esposo, que seguía creyendo, oraba por ella en silencio. No la presionaba. Solo la amaba.
Un día, Marta encontró en el cajón de su hijo un dibujo que él había hecho en la escuela dominical. Era una casa con un sol sonriente y tres figuras: papá, mamá y él. Debajo, con letras torcidas, había escrito: "Dios es amor". Marta rompió a llorar. No podía creer. No podía perdonar a Dios. Pero algo en ese dibujo la tocó.
Empezó a ir a una iglesia pequeña, no a la suya. Se sentaba en la última banca. No cantaba. No oraba. Solo escuchaba. Un día, el pastor habló de Job, de su sufrimiento, de sus preguntas sin respuesta. Y dijo algo que Marta nunca olvidó: "Dios no teme a nuestras dudas. Él teme a nuestro silencio. La fe no es la ausencia de preguntas, sino la valentía de hacerlas".
Marta empezó a hablar con Dios. No con versículos, sino con gritos. Le dijo todo lo que sentía. Le acusó, le preguntó por qué. Y en medio de esa conversación cruda y dolorosa, algo comenzó a sanar.
Marta todavía dudaba. Todavía se enojaba. Todavía no entendía. Pero seguía hablando con Dios y descubrió, era una forma de fe.
Y a esa pequeña fe se aferró, y mientras más se aferraba, cada día sentía que el gran peso de su alma se iba aligerando.
Compredío que una pequeña fe podía mover el monte de su propio dolor, aunque muy pequeña pero más poderosa que un monte de lleno dudas y preguntas sin respuestas.