La primera semilla sintió el llamado de la vida y dijo con voz temblorosa pero decidida:
—¡Quiero crecer! Quiero que mis raíces desciendan muy abajo, hasta abrazar los secretos de la tierra, y que mis retoños rompan con fuerza la corteza que tengo encima. Quiero desplegar mis tiernos brotes como banderas verdes para anunciar la llegada de la primavera. Quiero sentir el calor del sol en mi cara y la bendición del rocío matinal resbalando suave por mis pétalos. Sí, quiero crecer, aunque me cueste, aunque duela, aunque no sepa qué hay arriba.
Y entonces creció. Empujó hacia arriba con toda su pequeña fuerza, rompió la tierra, y vio por primera vez el cielo. Y fue hermosa.
La segunda semilla, en cambio, se estremeció al escuchar a su compañera y dijo para sí misma:
—Tengo miedo. Si dejo que mis raíces vayan hacia abajo, no sé qué encontraré en la oscuridad: ¿piedras que me aplasten? ¿bichos que me muerdan? Si me abro camino a través de la tierra dura que tengo encima, puedo dañar mis delicados retoños. ¿Y si dejo que mis brotes se abran y una serpiente trata de comerlos? Además, si abriera mis pimpollos, tal vez un niño pequeño me arranque de la tierra sin querer. No, no… me conviene esperar. Esperar hasta que sea seguro. Esperar a estar lista. Esperar a no tener miedo.
Moraleja:
Los que se niegan a correr riesgos y a crecer, son tragados por la vida.
La parábola de los talentos (Mateo 25:14-30)
El siervo que enterró su talento en la tierra por miedo fue el que recibió la reprensión más dura: "Siervo malo y negligente… debías haber dado mi dinero a los banqueros" (v. 26-27). El miedo lo paralizó, y lo que creyó que era prudencia fue en realidad inacción culpable. La semilla que espera "hasta que sea seguro" es ese siervo que esconde lo que Dios le dio por temor al riesgo. Y el resultado es el mismo: lo que no se usa, se pierde.
Y esperó. Y esperó. Y siguió esperando, mientras su compañera crecía y florecía a su lado.
Un ave que andaba dando vueltas por el lugar en busca de comida, con el ojo atento y el pico afilado, encontró la semilla que esperaba… y de un solo picotazo se la tragó.