Iqbal pasó seis años frente al telar. Trabajaba más de doce horas al día, siete días a la semana, encorvado en un taller sombrío, como una máquina humana vigilada mientras funcionaba. Él mismo dijo después: "No nos trataban como niños, solo como máquinas de producción". Los castigos físicos y psicológicos eran pan de cada día.
A los diez años escapó aprovechando un descuido de los vigilantes y llegó a la oficina del Frente para la Liberación del Trabajo Forzado. Allí escuchó por primera vez la palabra "derechos", y aprendió por primera vez a leer y escribir. Un niño esclavo que antes no sabía ni escribir su propio nombre tomó, tras obtener la libertad, una decisión asombrosa: no calló, empezó a hablar.
A los once años, Iqbal se paró frente a multitudes y contó su historia en mezquitas, escuelas y foros internacionales. Su testimonio fue como una hoguera que encendió la llama del movimiento contra el trabajo infantil en Pakistán. Ayudó a cientos de niños a escapar de los talleres y se convirtió en la voz de aquellos que seguían encerrados en la oscuridad. Una vez dijo: "Ya no le tengo miedo al amo. Él me tiene miedo a mí".
El 16 de abril de 1995, Iqbal fue asesinado a tiros mientras montaba en bicicleta cerca de Lahore. Se acusó a la mafia de las alfombras de ser la autora intelectual. Tenía solo doce años. Pero su muerte no silenció su voz. Cada año, ese día se conmemora el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. Su vida fue como una cerilla: breve, pero iluminó el rostro de innumerables niños privados de libertad en la oscuridad.