Aquella fue una noche llena de contradicciones. El gobierno de Alemania Oriental planeaba originalmente flexibilizar poco a poco las restricciones de viaje, pero el portavoz Schabowski, al ser interrogado en una rueda de prensa sobre cuándo entrarían en vigor las nuevas normas, consultó un papel y dijo: "Según tengo entendido... de inmediato, sin demora". Esa frase fue como un rayo que rasgó el cielo nocturno de la Guerra Fría. Decenas de miles de berlineses del Este corrieron hacia los puestos fronterizos exigiendo que los guardias abrieran las puertas. Los guardias no dispararon. Fueron desbordados. En el paso de Bornholmer Strasse, los primeros ciudadanos de Alemania Oriental pisaron suelo de Berlín Occidental a las 21:20 de esa noche.
Lo que ocurrió después superó cualquier plan. La gente trepó al Muro y lo golpeó con martillos, cinceles y hasta con las manos desnudas. Automóviles de Alemania Occidental entraron tocando bocina en Berlín Oriental, desconocidos se abrazaron, las lágrimas se mezclaron con las risas. En menos de dos horas, aquel muro que simbolizaba la opresión y la división fue rasgado por un pueblo furioso y eufórico.
La caída del Muro de Berlín no fue obra de ningún político, sino el resultado de que innumerables personas comunes votaron con sus pies. Como dijo un historiador: "Fue el pueblo, ese pueblo que ya no podía soportar más el aislamiento, la vigilancia y la privación de libertad, quien derribó este muro". La libertad nunca es un regalo; es un anhelo.