Durante esos veintisiete años, el mundo cambió y Sudáfrica sangró. No solo Mandela fue privado de libertad: toda la mayoría negra fue despojada de su dignidad más básica, del derecho al voto y de la libertad de movimiento bajo el apartheid. Pero Mandela eligió una cosa en prisión: no permitir que el odio corroiera su interior.
El 11 de febrero de 1990, a los 71 años, Mandela salió de la prisión de Victor Verster. Vestido con traje, de la mano de su esposa Winnie, alzó el puño ante las decenas de miles de partidarios que esperaban afuera. En ese momento, Sudáfrica estaba al borde de la guerra civil. Pero en su primer discurso de libertad en el Ayuntamiento de Ciudad del Cabo, Mandela pronunció una frase que cambió el destino del país: "Hacemos un llamado a nuestros compatriotas blancos para que se unan a nosotros y juntos moldear una nueva Sudáfrica".
Cuatro años después, en abril de 1994, Sudáfrica celebró sus primeras elecciones libres para todos. Mandela fue elegido primer presidente negro del país con el 62% de los votos. Invitó a los carceleros que lo habían vigilado a su investidura, y vistió la camiseta de los Springboks —el equipo de rugby que los negros consideraban símbolo de la opresión blanca— en el Mundial de 1995.
La libertad de Mandela no fue solo salir de prisión. Su libertad fue elegir no ser prisionero del odio. Como él mismo dijo: "Cuando salí de la prisión hacia el largo camino hacia la libertad, me di cuenta de que si continuaba odiando, seguiría estando en prisión".