La humildad dice: “¡Dios sabe más, y no llegará tarde!” Pero el orgullo dice: “Estoy listo ahora mismo y haré que las cosas sucedan a mi manera”. El hombre humilde espera con paciencia; en realidad tiene un “temor reverencial” de moverse con la fuerza de su propia carne.
La paciencia es la capacidad de mantener una buena actitud mientras se espera. Pero el orgulloso intentará una cosa detrás de la otra, en vano. El orgullo está en la raíz de toda impaciencia.
Al humillarnos ante la mano poderosa de Dios, comenzamos a morir a nuestras maneras y tiempos, y a renacer a la voluntad de Dios y a los caminos de Dios. El desarrollo del carácter lleva tiempo y paciencia.
Tomado del libro: El poder de la determinación