Dios tiene en Su mente omnisapiente y creativa la imagen de un ser dulce, misericordioso, laborioso, humilde y de aspecto bello, con la maravillosa capacidad de traer a la vida otros seres humanos. Este ser no es un hombre ni es un ángel; este ser en el cual ha puesto aquellos dones es la mujer.
Si bien es cierto que la caída del ser humano, según el relato de Génesis, comenzó por la desobediencia de la mujer, las descendientes de Eva fueron honradas con el nacimiento del Salvador del mundo a través de María, "bendita entre las mujeres", "llamada bienaventurada por todas las edades".
Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento destacan la actividad evangelizadora y de servicio que ella siempre ha desplegado. Dice Salmos 68:11 “El Señor daba palabra; había grande multitud de las que llevaban buenas nuevas.” Y en el Nuevo Testamento se destaca como compañera de los apóstoles, diaconisa, profeta, líder, madre y esposa.
El apóstol Pablo enseña: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25) Además, la ubica en igualdad de derechos frente a Dios, pues dice: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” (Gálatas 3:28)