El hipócrita Guejazí había salido azotado con la lepra de Naamán; marcado con una vergüenza y deshonra perpetuas (vv. 5-27). Desde luego es significativo que el versículo que sigue de inmediato diga: He aquí, el lugar que moramos contigo nos es estrecho» (v. 1). El pequeño salón de reuniones se hizo de repente demasiado pequeño cuando el falso profesante fue excomulgado. La Iglesia de Dios debiera ser algo siempre en crecimiento, porque es el negocio más importante y mejor fundamentado de la tierra. La entrada de nuevos miembros a la sociedad de «los hijos de los profetas» los mueve a buscar el agrandamiento de su lugar. Los nuevos convertidos traen ciertamente nueva sangre e interés a una congregación. Pero, ¿cómo se debe hacer esto? Se proponen no montar un bazar ni una venta de trabajo, sino dedicarse a trabajar de firme. «Vamos ahora al Jordán, y tomemos de allí cada uno una viga.»
Cada miembro de esta Iglesia era un trabajador, pero unos eran más prudentes que otros, porque uno le dijo a Eliseo: «Te rogamos que vengas con tus siervos». Los otros parece que se hubieran sentido satisfechos de ir sin el maestro. ¡Ay, qué pena que esta clase de obrero sea tan numerosa! Interesados en «el fondo de construcción» y en el bien general de la Iglesia, pero indiferentes acerca de la presencia y comunión de Cristo. Éste que rogó la presencia del maestro con ellos fue el que más hizo por la obra. Si el maestro no hubiera estado allí cuando la cabeza de una de sus pocas hachas cayó al Jordán, su especial esfuerzo se habría visto dificultado. Moisés oró, «Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí» (Éx. 33:15). Los que esperan en el Señor tomarán nuevas fuerzas. Si Jehová no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican. Veamos ahora qué lecciones podemos aprender del hombre que perdió su hacha. El punto vital de interés en este incidente encuentra su centro aquí.
I. Perdió su poder para servir. Tan pronto como «se le cayó el hierro del hacha en el agua» se quedó incapaz de todo trabajo eficaz. Antes tenía el poder, y ahora se le ha ido, e ido de manera repentina y totalmente inesperada. Al obrero cristiano le es posible perder su poder para el servicio para Dios. Se trata de algo que cada siervo de Cristo debiera tener, y que se corresponde con «el hierro del hacha», y sin el cual nuestra labor será solo una mera formalidad, y este algo es la presencia del Espíritu de Dios. Cuando el Espíritu es contristado, se pierde el poder para el servicio (Jue. 16:20).
II. Perdió el poder mientras trabajaba. Era mientras «derribaba un árbol» que se le cayó el hierro del hacha. No perdió su poder por pereza u ociosidad. Estaba dispuesto a trabajar, pero no estuvo observando cuidadosamente que el hacha no estuviera desprendiéndose del mango. Es bueno estar dispuestos a trabajar; es necesario estar dispuestos a orar. Es posible ser llevados tan a la distracción por el deseo de hacer como para olvidarnos del espíritu en que aquello se debe llevar a cabo. Cualquier surgimiento de soberbia y de interés propio en el corazón durante el servicio para Dios es un aflojamiento del hierro del hacha del poder espiritual, que puede acabar en una separación total si no se presta a ello una atención diligente.
III. Perdió algo que no era suyo. «¡Ah, señor mío, era prestada!» Este punto es hermosamente aplicable al obrero cristiano, porque todo su poder para el servicio es un poder prestado, y él es responsable ante el Señor acerca de cómo lo emplea. El Señor Jesucristo ha dado a sus siervos aquello con lo que deben negociar en su Nombre hasta que Él venga (Lc. 19:13-22). El don del Espíritu Santo es, por así decirlo, un préstamo hecho a cada siervo de Cristo, pot el que pueden cumplir grandes cosas para la honra de su Nombre. ¿Has pedido prestado y perdido este don obrador de maravillas? En nosotros mismos no tenemos poder que perder. En mí, esto es, en mi carne, no mora el bien. «Todo poder me ha sido dado» (Mt. 28:18), dice el Resucitado. Por ello, id tomando prestado de Mí.
IV. Quedó penosamente consciente de su pérdida. «¡Ah!» Tan pronto hubo desaparecido el hierro del hacha que se dio cuenta que era inútil todo esfuerzo adicional, y, como hombre razonable que era, abandonó la tarea hasta que las cosas se arreglaran. Ninguna cantidad de elocuencia, fervor, o buenas intenciones suplirán la pérdida del cortante filo del poder espiritual. Si aquel hombre hubiera proseguido blandiendo el hacha sin su hierro como si nada hubiera sucedido, habría sido considerado por sus hermanos como enajenado mental. Y sin embargo, no habría sido más insensato que el predicador que prosigue su actividad de servicio religioso carente del poder del Espíritu Santo. Naturalmente, los que se dedican a este trabajo sin tomar prestado este instrumento celestial persistirán en esclavizarse batiendo el aire, totalmente inconscientes del hecho de que están tratando de abatir los árboles con un mango sin hierro. ¿Cuándo aprenderán los siervos de Dios a detenerse y a examinarse a sí mismos y sus métodos cuando ven lo infructíferas que son sus obras? Esperad, hasta que seáis investidos de poder de lo alto.
V. De inmediato apeló a su amo. «¡Ah, señor mío!» ¿A quién otro podía acudir? Si el hombre de Dios no puede serle de ayuda, ¿quién puede? Si descubres que has perdido el poder para avanzar en la obra del Señor, no te sientes ni trates de consolarte con el pensamiento de que no hay remedio. Sí que lo hay. Tráelo al Señor en oración. Dice claramente que has perdido el poder de ganar almas, y que nada puedes hacer hasta que este poder te sea restaurado. ¡Qué deshonra sería para Dios si Eliseo no hubiera sido capaz de restaurar! ¿Y acaso tu Señor dejará de suplir aquello que debieras tener para la gloria de su Nombre si encomiendas tu caso en sus manos?
VI. Le fue milagrosamente restaurado. «El varón de Dios preguntó: ¿Dónde cayó? Y él le mostró el lugar. Entonces cortó él un palo, y lo echó allí; e hizo flotar el hierro; ... Y él extendió la mano, y lo tomó» (vv. 6, 7).
1. LO RECUPERÓ ALLÍ DONDE LO HABÍA PERDIDO. No había ningún otro lugar donde podría encontrarlo. De nada sirve buscar el poder perdido haciendo oraciones más largas o mejores sermones cuando ha sido perdido por medio de seguir al mundo y de una actitud egoísta. Si se ha perdido el poder para Dios a causa de la ansiedad y de la excitación del mucho servir, nunca podrá ser recuperado aumentando la ansiedad y la excitación. Recuperarás tu poder perdido para el servicio en aquel lugar en el que dejaste de contar con el Espíritu Santo, y te lanzaste en tu propia sabiduría y fuerza.
2. LO RECUPERÓ MEDIANTE UN MILAGRO. Eliseo hizo que el hierro flotara. Toda investidura de poder es un milagro de la gracia obrado echando aquel palo llamado la Cruz. Es el don de Dios, y siempre viene de una manera sobrenatural. Si Dios ha hecho que este don de poder flote delante de tus ojos como una gran posibilidad puesta a tu alcance, «extiende entonces la mano, y tómalo».

