Entre los paganos, al amigo se le amaba como a la «mitad de mi alma», en decir de Horacio («animae dimidium meae»); pero «el alma de Jonatán se apegó a la de David y le amó Jonatán como a sí mismo...; le amaba como a su alma, como a su propia vida» (1 S. 20:17).
Por esta amistad tierna y conmovedora el joven David lo arriesga todo y salva la vida del amigo frente al propio padre, Saúl, que se siente postergado y celoso (1 S. 20:30). Esta amistad es sellada con un pacto y juramento de renovada ayuda (1 S. 20).
El libro de los Proverbios y la literatura sapiencial dan consejos sobre la manera de conseguir, seleccionar y tratar a los amigos: elige al amigo entre muchos, ponle a prueba antes de confiarte a él, porque nada vale tanto como un buen amigo, que es «el otro tú»; ayúdale cuanto puedas y no lo traiciones nunca, porque la traición (bien sea el desamparo, la murmuración o la revelación de secretos) no es compatible con la verdadera amistad.
Viejo amigo, vino añejo, gozo y gracia que Dios concede a quienes le aman: «Feliz quien encuentra un amigo de verdad.» La amistad entre los hombres y Dios es posible por medio de Jesucristo (Pr. 13:20; Jn. 3:16; 11:3, 11; Mt. 11:19; Lc. 12:4).
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