El Creador confirma este hecho al hacer nacer un número aproximadamente igual de varones que de hembras. Él quiere también que el matrimonio sea una relación permanente (Mt. 19:6).
Normalmente, el afecto entre marido y mujer se va desarrollando con el paso de los años. La moral reprueba la rotura del contrato. A causa de las obligaciones que les incumben, los esposos deben disciplinarse y criar a sus hijos enseñándoles a predicar el bien.
El matrimonio es indisoluble antes de la muerte, excepto en caso de adulterio (Ro. 7:2, 3; Mt. 19:3-9). Pablo constata que hay rupturas arbitrarias, asimilables a una deserción (1 Co. 7:15).
Los casos a los que hace alusión el apóstol iban probablemente acompañados de infidelidad conyugal. Está prohibido el nuevo matrimonio de personas divorciadas ilegítimamente (Mt. 5:32; 19:9; 1 Co. 7:10, 11).
La sentencia de un tribunal civil no anula el matrimonio delante de Dios; declara si la ruptura ha sido causada por el pecado de uno de los cónyuges o por ambos. Parece que Adán, Caín, Noé y sus tres hijos fueron monógamos.
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