Y la Iglesia de Dios, hoy día, no tiene otra base. Este «medio siclo» es una figura de la preciosa Sangre de Cristo, por medio de la que hemos sido redimidos para Dios (1 P. 1:18, 19). Obsérvese que
I. Todos necesitaban de la redención por un igual. «Cada uno» (v. 12).
En relación con Dios todos son iguales, no hay diferencia, por cuanto todos pecaron. Ni el nacimiento, ni la riqueza, ni la posición social, ni la formación académica, ni la reforma moral servirán para recomendar a uno más que a otro. La palabra de Dios lo deja claro. Cada uno debe aportar un rescate (He. 9:22).
II. El precio del rescate fue fijado por Dios. «Medio siclo» (v. 13), dice Jehová: ni más, ni menos. Dios no le deja al hombre decidir cuánto dará por su alma. Esto sólo podría ministrar a su vanidad. El hombre es tan ignorante acerca de sí mismo y de la terrible naturaleza del pecado, que no le toca a Él decidir cuál pueda ser el rescate. «Lo libro de descender al sepulcro, ... halló redención» (Job 33:24). ¿Dónde? En su propio seno, en la Persona de su Hijo (Jn. 3:16). «Mi Hijo, el Amado». Éste es el precio fijado por Jehová antes que el mundo fuera creado.
III. El rescate fue juzgado por Dios. «Conforme al siclo del santuario » (v. 13). Cada medio siclo entregado como dinero de expiación debía ajustarse a la perfecta norma de la santidad. El dinero de la expiación debía estar ajustado al peso del siclo del santuario, cumpliendo las justas demandas de la santa ley. El Señor Jesucristo, como nuestro Rescate, fue probado y juzgado por medio de la perfecta ley de justicia. Él cumplió la norma del santuario (Mt. 17:5).
IV. La redención era idéntica para todos. «Ni el rico aumentará, ni el pobre disminuirá» (v. 15). Dios tiene un solo precio para las almas. «La preciosa sangre de Cristo». Ni más, ni menos. No la sangre y tus oraciones, dones, o buenas obras. Nada debe ser añadido a la Sangre de su Cruz, y nada debe serle restado. Él «se dio A SÍ MISMO en rescate por todos» (1 Ti. 2:6). Los que predican un evangelio sin sangre están cerrando a los pecadores el camino a Dios. No importa lo que digan la cultura o la crítica. Su Palabra permanece inalterable. «Ni más, ni menos».
V. La redención tenía que ser presentada a título personal. «Todo el que sea contado», cada uno (v. 14). La salvación es una cuestión personal. Nadie puede «redimir a su hermano» (Sal. 49:7). El testimonio de Moisés tenía que ser creído, el precio tomado, y presentado ante Dios para un propósito muy especial y definido. Así tiene que ser creída la Palabra del Evangelio, y Cristo aceptado personal y conscientemente (Jn. 1:12), y ofrecido a Dios como la única redención, pero placentero a Dios. No hay salvación en ningún otro nombre. Jesús lo pagó todo. «Consumado es».
VI. La redención era la única base de aceptación. No importaba qué era lo que alguien pudiera traer; si no aportaba el «medio siclo» ordenado no podía ser aceptado, no podía ser un alma redimida. Un hombre no era aceptado porque fuera rico o pobre, letrado o analfabeto, bueno o malo, sino porque presentaba el dinero de la expiación. Ésta era la única condición, y todos los que lo entregaban venían a ser partícipes de la redención, con independencia de linaje o carácter. Aquí el rico y el pobre se encontraban, el Señor solo es el Salvador de todos. «El que no cree ya ha sido condenado» (Jn. 3:18).
VII. De los redimidos se esperaba su servicio. «Los que podían salir a la guerra en Israel» (Nm. 1:45). Somos liberados para que «liberados de las manos de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor... todos nuestros días» (Lc. 1:74, 75). Salvados para servir (Hch. 27:23). «De gracia recibisteis, dad de gracia» (Mt. 10:8). Habiendo sido redimidos a tal precio, glorifiquemos por ello a Dios en nuestros cuerpos y espíritus, que son de Él. Los redimidos del Señor que salen a la lucha volverán con cánticos y gozo eterno sobre sus cabezas. La batalla es de Jehová. Tu Dios luchará por ti. «Díganlo los redimidos de Jehová» (Sal. 107:2).

