Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Romanos 8.2
El Hijo de Dios vino «para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre» (Hebreos 2.14–15).
No solo se nos libera del cautiverio de nuestro anterior amo sino que se nos exime de las consecuencias mortales del pecado, es decir, de la ira eterna de Dios
En lugar de ello, nuestra redención es el propio Jesucristo, que con su muerte «se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras» (Tito 2.14). Ahora, como posesión suya, nosotros que fuimos anteriormente esclavos del pecado, somos esclavos de un Señor y Amo nuevo.
Nuestra redención en Cristo resulta en libertad y perdón del pecado. No solo se nos libera del cautiverio de nuestro anterior amo sino que se nos exime de las consecuencias mortales del pecado, es decir, de la ira eterna de Dios.
Como dice Pablo en Romanos 8.1–2: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte». Debido a que estamos en Él, todos nuestros pecados, pasados, presentes y futuros, han sido «perdonados por su nombre» (1 Juan 2.12).