-Doctor no se apure. Mi padre celestial me las enviará. Yo boy a pedírselo ahora.
-Pero, querida señora –contestó él- no olvidéis que nos encontramos en medio del océano.
-No importa amigo mío; para Dios todo es posibles.
Unas horas más tarde, el mismo doctor entraba corriendo hasta la enferma, para poner a los pies de su cama un cesto colmado de naranjas.
Como pudo, nervioso y maravillado, explicó su procedencia.
-Un buque averiado… Un cargamento de naranjas en el buque…Un…
-¡Un milagro de mi Padre celestial, doctor! –le interrumpió la enferma.