El apóstol Pablo ha dicho que «cuando soy débil, entonces soy fuerte ». Si se juzga por la sabiduría del mundo, esto es verdaderamente paradójico. Este aparente absurdo se explica en parte por su anterior declaración: «Me gloriaré más bien en mis debilidades, para que habite en mí el poder de Cristo» (2 Co. 12:9, 10). Gedeón, en sí mismo, era débil y carecía de influencia; pero ahora que la presencia y la paz de Jehová estaban con él, y en él, viene a ser lo que Dios había visto que debía ser: «varón esforzado y valiente».
I. Dónde comenzó.
1. EN SU CASA. «Toma el toro de tu padre, y derriba el altar de Baal que tu padre tiene» (v. 25). El mandamiento de «honrarás a tu padre», etc., tiene un gran alcance, y puede ser cumplido por un hijo de una manera que sea muy dolorosa para el padre. Gedeón honraría a su padre, pero destruiría sus dioses. Se precisa de valor para comenzar y declararse por Dios y por la justicia entre nuestra propia parentela. «Ve a tu casa, adonde los tuyos, y cuéntales todo cuanto el Señor ha hecho por ti» (Mr. 5:19).
2. EN EL ACTO. «Entonces Gedeón tomó diez hombres...e hizo como Jehová le dijo... de noche» (v. 27). Parece que no se perdió nada de tiempo. Los diez siervos de Gedeón, gracias a su testimonio consecuente, se mostraron en pleno acuerdo con Jehová, y listos en el acto para seguir a su amo en esta necesaria obra de Dios. El llamamiento estaba claro. ¿Por qué tenía que retrasar su cumplimiento? ¿No es igual de claro para ti? Pero dejas correr el tiempo. El Maestro ha llegado, y te llama.
II. Lo que hizo. Su obra fue doble.
1. UN DERRIBO. «Derriba el altar de Baal» (v.25).El altar de Baal representaba lo falso, engañoso y opuesto a la voluntad y al gobierno de Jehová. Todo lo que busque usurpar el lugar de Dios alrededor o dentro de nosotros debe ser derribado y destronado. «Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios» (2 Co. 10:4, 5).
2. UNA EDIFICACIÓN. «Edifica altar a Jehová tu Dios» (v.26). No ¡es suficiente con desengañar a los adoradores de falsos dioses; el verdadero Dios debe ser puesto en lugar de ellos. No es suficiente con quitarles los placeres del mundo a sus partidarios; debemos ser capaces de poner algo mejor en su lugar. El Altar de Dios, esto es, la cruz de Cristo, es el sustituto divino para las estériles e impotentes invenciones de los hombres. Predicar a Cristo, y a Él crucificado, es edificar el Altar del Señor.
III. Lo que siguió. Una acción tan decidida irá siempre acompañada de resultados muy positivos. Con ello hubo:
1. UN CAMBIO DE ACTITUD. «Los hombres de la ciudad dijeron...: Saca a tu hijo para que muera» (vv. 29, 30). La muerte, de una u otra forma, es siempre la pena que aplica el mundo por la fidelidad a Dios. Los hombres de la ciudad (que piensan lo terreno) están siempre acerbamente opuestos a los iconoclastas: hombres de Dios: que buscan primero el reino de Dios. Pero el discípulo no es mayor que su Maestro. La primera evidencia de fidelidad a Cristo es la oposición de los impíos.
2. UN CAMBIO DE NOMBRE. «Aquel día Gedeón fue llamado Jerobaal» (v. 32). «Contienda Baal» o «El antagonista de Baal». Es un bendito estigma ser llamado «aborrecedor de dioses falsos», enemigo de la ignorancia y de la superstición. Es muy adecuado recibir un nuevo nombre cuando uno viene a ser una nueva creación (Gn. 32:28).
IV. Cómo fue alentado por:
1. LA UNCIÓN DEL ESPÍRITU. «Entonces el Espíritu de Jehová vino sobre (revistió a) Gedeón, y... éste tocó el cuerno» (v. 34). La idoneidad para el servicio solo puede ser hallada en el Espíritu de Dios. El toque de la trompeta del Evangelio por parte de un hombre revestido por el poder de Dios será ciertamente eficaz para reunir a muchos tras él. «Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo» (Hch. 1:8).
2. EL TESTIMONIO DEL VELLÓN. Como respuesta a la oración de Gedeón, el vellón quedó mojado con rocío, mientras que la tierra a su alrededor estaba seca; y la siguiente vez, el vellón quedó seco mientras que había rocío en la tierra alrededor (vv. 36-40). Una prueba convincente de que la providencia de Dios en relación con las necesidades de su pueblo no va según el ciego azar. El Espíritu de Dios, como el viento, sopla donde quiere; y, como el rocío, puede caer sobre el vellón o no, según el clamor del hombre de Dios. Cada siervo de Dios puede tener este doble testimonio: el Espíritu dentro de él, y la prenda especial de las obras de Dios afuera. La oración y la providencia van juntas.

