Los buenos sentimientos se extienden con más potencia que los malos; los efectos eran muy saludables, pues fomentaban la cooperación, la justicia y un buen desempeño grupal.
La mejoría no era sólo una calidez provocada por los buenos sentimientos: las mediciones objetivas demostraban que los grupos eran más efectivos en este caso, más capaces de distribuir el dinero de las bonificaciones de manera justa y beneficiosa para la empresa.
En el mundo del trabajo, cualquiera sea el asunto que tengamos entre manos, los elementos emocionales juegan un papel crucial. La aptitud emocional requiere que seamos capaces de cruzar las corrientes que siempre están en operación, en vez de dejarse hundir por ellas.
(Sigal Barsade: ‘The ripple efect: emotional contagion in groups’. Estudio Yale School of Management, 1998; Sigal Barsade and Donald E. Gibson: ‘Group emotion: a view from the top and botton’, in D. Gruenfeld et al.;
RESEARCHS ON MANAGING GROUPS AND TEAMS, Greenwich, Conn, JAI Press, 1998).
En un clásico estudio de CI (Cociente Intelectual) grupal, realizado en la Universidad de Yale por Wendy Williams y Robert Sternberg, las habilidades interpersonales y la compatibilidad del grupo surgieron como elemento clave de su desempeño (resultado que apareció una y otra vez).
Williams y Sternberg descubrieron que los socialmente ineptos, al no saber sintonizarlos sentimientos de los demás, eran un peso muerto para el esfuerzo general, sobre todo si carecían de habilidad para resolver diferencias o comunicarse efectivamente.
Para alcanzar un buen desempeño era esencial contar en el grupo con un miembro, cuanto menos, dotado de alto CI; pero con eso no bastaba. Otro riesgo posible era ‘el mandón’: un miembro demasiado dominante como para permitir que los otros contribuyeran plenamente.
Robert Kelley, de Carnegie-Mellon University, lleva muchos años preguntando lo mismo a trabajadores de una amplia variedad de empresas: ‘¿Qué porcentaje del conocimiento que usted necesita para hacer su trabajo está almacenado en su propia mente?’
En 1986, la respuesta era, típicamente, alrededor del 75%. Pero hacia 1997 el porcentaje se redujo hasta llegar a un 15 o 20%. Esto, sin duda, refleja el explosivo crecimiento de la información. Se dice que el siglo XX ha generado más conocimiento que toda la historia anterior, y el ritmo de crecimiento continúa acelerándose.
Las implicancias de esta realidad respecto a las habilidades sociales y la Inteligencia Emocional son enormes.
El Lic. Cortese es escritor, publicista y es el principal investigador de Inteligencia Emocional en Argentina. Instructor de los Talleres prácticos de "Entrenamiento en Inteligencia Emocional" y de los Seminarios in company "La Inteligencia Emocional en el trabajo y en la empresa". Presidente de la 'Asociación Para el Desarrollo de la Inteligencia Emocional'. Consultor externo. Publicista. Escritor e investigador.
Instructor de la materia "Inteligencia Emocional en el Servicio Total al Cliente" en el Centro de Estudios Buenos Aires. Autor de los cursos multimedia para Competir.com. Director del portal Inteligencia-emocional.org
La mejoría no era sólo una calidez provocada por los buenos sentimientos: las mediciones objetivas demostraban que los grupos eran más efectivos en este caso, más capaces de distribuir el dinero de las bonificaciones de manera justa y beneficiosa para la empresa.
En el mundo del trabajo, cualquiera sea el asunto que tengamos entre manos, los elementos emocionales juegan un papel crucial. La aptitud emocional requiere que seamos capaces de cruzar las corrientes que siempre están en operación, en vez de dejarse hundir por ellas.
(Sigal Barsade: ‘The ripple efect: emotional contagion in groups’. Estudio Yale School of Management, 1998; Sigal Barsade and Donald E. Gibson: ‘Group emotion: a view from the top and botton’, in D. Gruenfeld et al.;
RESEARCHS ON MANAGING GROUPS AND TEAMS, Greenwich, Conn, JAI Press, 1998).
En un clásico estudio de CI (Cociente Intelectual) grupal, realizado en la Universidad de Yale por Wendy Williams y Robert Sternberg, las habilidades interpersonales y la compatibilidad del grupo surgieron como elemento clave de su desempeño (resultado que apareció una y otra vez).
Williams y Sternberg descubrieron que los socialmente ineptos, al no saber sintonizarlos sentimientos de los demás, eran un peso muerto para el esfuerzo general, sobre todo si carecían de habilidad para resolver diferencias o comunicarse efectivamente.
Para alcanzar un buen desempeño era esencial contar en el grupo con un miembro, cuanto menos, dotado de alto CI; pero con eso no bastaba. Otro riesgo posible era ‘el mandón’: un miembro demasiado dominante como para permitir que los otros contribuyeran plenamente.
Robert Kelley, de Carnegie-Mellon University, lleva muchos años preguntando lo mismo a trabajadores de una amplia variedad de empresas: ‘¿Qué porcentaje del conocimiento que usted necesita para hacer su trabajo está almacenado en su propia mente?’
En 1986, la respuesta era, típicamente, alrededor del 75%. Pero hacia 1997 el porcentaje se redujo hasta llegar a un 15 o 20%. Esto, sin duda, refleja el explosivo crecimiento de la información. Se dice que el siglo XX ha generado más conocimiento que toda la historia anterior, y el ritmo de crecimiento continúa acelerándose.
Las implicancias de esta realidad respecto a las habilidades sociales y la Inteligencia Emocional son enormes.
El Lic. Cortese es escritor, publicista y es el principal investigador de Inteligencia Emocional en Argentina. Instructor de los Talleres prácticos de "Entrenamiento en Inteligencia Emocional" y de los Seminarios in company "La Inteligencia Emocional en el trabajo y en la empresa". Presidente de la 'Asociación Para el Desarrollo de la Inteligencia Emocional'. Consultor externo. Publicista. Escritor e investigador.
Instructor de la materia "Inteligencia Emocional en el Servicio Total al Cliente" en el Centro de Estudios Buenos Aires. Autor de los cursos multimedia para Competir.com. Director del portal Inteligencia-emocional.org