La gente prefiere un Dios que les asegure felicidad y prosperidad sin exigir fidelidad y rectitud. Isaías ha anunciado que, como consecuencia de la injusticia y la idolatría, ha llegado el juicio en forma de la invasión asiria.
Llegamos ahora a la consideración paulina de cómo esta nueva humanidad que Dios está formando en Cristo, y que es templo del Espíritu Santo, ha de conducirse en las estructuras que dan forma a la sociedad.
Ahora el poeta mira hacia adentro, a lo que subjetivamente siente que debe hacer y dedica a ello, tres versículos finales, en los que intercala una referencia a aquellos que perturban el orden maravilloso y poético que ha descrito antes. ¿Qué actitud debemos asumir ante la obra divina?
¡Qué bien que Cristo se haya ido al que le envió! Porque en su lugar nos dejó al Defensor, el Espíritu Santo. Muchos creyentes aseguran que su vida sería más fácil si tuvieran la ayuda de Cristo en persona.
El propósito de Dios es la conversión del hombre, no el ciego cumplimiento de sus decretos.
Para el profeta, por el contrario, es motivo de gozo. Hay tres secciones principales en el pasaje. Cada una de ellas se refiere en primer lugar a un acontecimiento histórico o una promesa inmediata.
Lo sobrenatural no se entiende (17-19). Por lo menos la iglesia sabía muy bien a quién atribuir la liberación de Pedro, pero Herodes tenía callos en la mente debido a su ignorancia de Dios, de Jesucristo y del poder del Espíritu Santo.
Ahora el apóstol nos describe al pueblo de Dios en su proceso de redención del pecado. Nota cómo concluyen los versos 12 y 14.
Al borde del suicidio, de pronto Dios obra. La tierra tiembla, las paredes que sujetan los grillos se mueven, los presos quedan sueltos. La ley romana es rígida y el carcelero sabe que su vida peligra. ¡Pero a un paso de la muerte encontrará la vida!
El Evangelio atraviesa barreras de cultura, raza y religión. Pero ello no deja de provocar tensiones. Este capítulo nos muestra una de las luchas más decisivas de la iglesia primitiva.