La morada de Cristo se manifiesta por la presencia y el poder del Espíritu Santo. «En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu» (Jn. 4:13).
La pregunta de Pilato. «¿Eres Tú el rey de los judíos?» (v. 3). A esta pregunta directa Jesús da una respuesta llana y enfática, para que Pilato pudiera, si quería, sentir la grave responsabilidad de su posición actual.
El descenso del fuego del Señor desde el cielo, y el acortamiento de los profetas de Baal, habían detenido de manera eficaz la creciente marea de idolatría que amenazaba con trastornar toda la tierra.
El pecado secreto de David estaba a descubierto delante de Dios. Lo mismo que el pecado de Caín y de Acán, ningún medio humano podía cubrirlo. El mensaje enviado por medio de Natán era singularmente idóneo, como lo son siempre los mensajes de Dios; y como Latimer y Knox, no temió el poder del rey.
La característica sobresaliente del cristiano es que tiene vida. No la vida común y natural de la carne, sino la nueva vida de Dios engendrada por el Espíritu, que lo hace nueva creación.
No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes Ef. 6:12
Una gran promesa de un grande y fiel príncipe es un grande y valioso privilegio. Que Dios pronuncie tan solo una palabra, y su Palabra será indefectiblemente cumplida.
Una fe viva. Las obras son una evidencia de una fe verdadera y viva. Se declara aquí la posibilidad de una fe muerta. Así como un cuerpo vivo manifestará su vida en acción, así la fe viva moverá.
Si nosotros como obreros cristianos apreciáramos toda la importancia de la obra que se nos ha dado que hacer, seríamos más sensibles a nuestra propia ineptitud para ella, y más prontos a confesarla.